Oda a los ‘papi-mamis’

‘Mea culpa’. Hace un par de post hablaba de lo ‘enrevesado’ que lo tenemos las mujeres, madres, trabajadoras, amas de casa… De lo complicado que resulta rendir en el ‘curro’ sin apenas haber dormido la noche anterior, llegar al colegio a tiempo para estar la primera en la verja cuando suena el timbre y, encima, estar ‘monas’. Nosotras no lo tenemos fácil pero vosotros, los nuevos padres, tampoco. A vosotros os ha tocado ‘el marrón’ a la inversa. En una sociedad en la que, nos guste o no, persiste un recalcitrante tufillo machista a prueba de bomba, los ‘papi-mamis’ tenéis que ir por la vida derribando prejuicios conservados en naftalina. Absurdas creencias como que no sentís la paternidad tan intensamente como nosotras la maternidad. Afirmaciones como que vuestra vida no tiene por qué cambiar con la llegada de un hijo. Sentencias propias de un modelo de padre, y madre, en vías de extinción -afortunadamente- que, a pesar de presumir con orgullo de las fotos de sus preciosas criaturas en su iphone, jamás ha cambiado un pañal y no sabe en qué cajón están las camisetas de su niña. Padres ‘neandertales’ que, cuando están en grupo, se ‘cachondean’ de lo ‘pringado’ que es el antiguo miembro de la ‘manada’ que, desde fue padre, ya no sale los jueves, y al que apenas se le ve por el gimnasio. Padres primitivos que, en su vertiente profesional, miran con extrañeza a los que piden reducción de jornada o a los que faltan al trabajo cuando los niños se ponen malos, en lugar de hacerlo sus parejas.

Por eso, y por mucho más, me quito el sombrero ante vosotros. Porque no tenéis pudor en confesar que se os cae la baba con vuestros vástagos. Porque no os avergüenza decir que preferís ir a verles jugar al fútbol en lugar de pasar la tarde con el trasero pegado al sofá. Porque me encanta escuchar a hombres grandes como armarios roperos decir que están preocupados porque su bebé no come sin que le tiemblen ni la voz, ni sus músculos de increíble Hulk. Porque el más ‘machote’ no es el que empaqueta a sus hijos el fin de semana para seguir jugando a que tiene 20 años, sino el que respeta el mayor compromiso que cualquier hombre puede adquirir en la vida: ser padre.  

Castillos de ilusiones

No puedo dormir. Llevo días dando vueltas a una frase que solía decirme uno de mis mejores amigos. Sostenía que sus padres le habían ‘engañado’. Que le habían contado que los buenos siempre ganan. Que le habían educado para ser una buena persona cuando, en esta vida, los que triunfan son los cabrones. Y, si encima, son cabrones bien parecidos, miel sobre hojuelas. Ahora, que me contemplo a mí misma ante la enorme responsabilidad de educar a mis hijos, con este incesante bombardeo de Bárcenas, Urdangarines y listillos de los eres, me pregunto hasta qué punto tenía razón. Les construímos un castillo de ilusiones, de reyes magos, de ratoncitos pérez, de princesas de Disney y de seres inmortales que, como mucho, cambian su hogar terrenal por un ático en el cielo desde el que nos cuidan hasta el fin de los días. Un castillo que, pieza a pieza, la vida real les desmonta con el paso de los años. Primero descubren que los reyes son los padres, luego que al ‘cole’ no sólo se va a dibujar y, casi sin darse cuenta, alguien les destroza el corazón y les ofrece un contrato ‘basura’. A partir de ahí, la ruleta rusa de la vida les puede deparar cualquier cosa.
Por eso, cuando pienso en qué quiero que sean mis hijos sólo se me ocurre una cosa: felices. No quiero ingenieras, ni pilotos, ni ‘nadales’. Quiero personas felices. Pero sé que esa felicidad ha de pasar por una fortaleza que temo no saber transmitirles. Y no hablo de una fortaleza al estilo espartano, sino de la fuerza necesaria para encarar las bofetadas de la vida con la suficiente inteligencia emocional como para no derrumbarse. Así que mientras me planteo como hacerles más resistentes de lo que yo misma he sido, intento transmitirles los valores que inculcaron en mí mis padres. Que la mentira tiene las patas muy cortas. Que con una sonrisa se consigue más que con una orden. Que las zancadillas hacen perder el equilibrio al que las pone. Que lo diferente no es ni mejor, ni peor. Que el esfuerzo tiene su recompensa. Que gracias es la palabra mágica que todo lo puede. Y que más vale no hablar para escupir por tu boca algo más feo que tu silencio. Unas sencillas lecciones que, probablemente, jamás me harán llegar a la cúpula directiva de ninguna empresa, ni tampoco a hacerme millonaria pero sí muy FELIZ. Por eso, amigo del alma, tú y yo sabemos que tus padres no te mintieron. Que, aunque no hayas sido el más ligón ni seas el más rico, el haberte educado para ser una buena persona fue un regalo del que ahora disfrutamos todos los que te queremos. 

Why people talk about ‘conciliation’ when they mean ‘grandparents’

Since I am a mother, the word “vacations” is not any longer a synonymous of relax. And it´s not because I don´t enjoy the wonderful madness that comes from being in a 24/7 schedule with my children, but combining their school calendar with my free days drives me a bit crazy. That´s because I exactly know the risks of taking care of three children under five with an endless battery and a mind designed to get in trouble without any adult supervision. At that time more than ever, I depend on the absolute dedication and generosity of those characters, always undervalued, that support the XXI century family organization: The grandparents. Grandparents who offset a squeaky mismatch between school and work life, which is translated into absurd facts such as that our children have two and half months of summer vacation, three weeks at Christmas, 11 days for Easter… And we, their parents, just have 20 days off that we need to distribute throughout the year with the same attentiveness that a chef uses when he places the finest truffles on his dishes. So, life’s paradoxes, as they have gained a starring role in this social system, the same system pinches them, ‘dribbles’ with their pensions and condemns them to a stressful fight to pay their bills as the only reward for a working lifetime. And that’s why I want to scream with all the strength that Internet provides me: THANKS, GRANDPARENTS!

Por qué lo llaman conciliación cuando quieren decir abuelos…

Desde que soy madre la palabra vacaciones ha dejado de ser sinónimo de relajación. Y no porque no disfrute a tope de la absoluta locura que supone estar un 24/7 con mis hijos sino por el desquicie que me supone conjugar su calendario escolar con mis jornadas de libranza. Me obsesiona cubrir sus días sin ‘cole’ porque yo, mejor que nadie, sé lo que supone hacerse cargo de tres niños menores de cinco años con la batería intacta y una mente diseñada para liarla parda ante cualquier mínimo descuido de una autoridad adulta. Me estresa depender, en esos momentos más que nunca, de la absoluta entrega y generosidad de esos personajes, siempre insuficientemente valorados, sobre los que se sustenta la organización familiar del siglo XXI: los abuelos. Unos abuelos que compensan una chirriante discordancia entre la vida escolar y laboral que se traduce en detalles tan absurdos como que los niños tengan dos meses y medio de vacaciones de verano, tres semanas en Navidad, una y pico en Semana Santa, Santo Tomás de Aquino… Y, nosotros, sus padres, una veintena de días libres que distribuimos a lo largo de año con la misma delicadeza que un cocinero utiliza las más exquisitas trufas en sus platos. Así que, paradojas de la vida, mientras ellos han adquirido un papel estelar en este sistema social ‘enrevesado’ –me ha gustado la palabra-, ese mismo sistema les aprieta, les ‘regatea’ la pensión y les condena a una agotadora batalla por llegar a fin de mes como única recompensa a toda una vida de dando el callo. Por eso, aunque aquí no se me ‘oiga’ demasiado quiero gritar con toda la fuerza que Internet me da: ¡GRACIAS, ABUELOS! 

Mujeres enrevesadas

Quede claro que mi intención no es convertirme en adalid del feminismo. Tampoco ardo en deseos de hacer, de esta humilde ´ventana’, un rosario de ‘no me comen’, ‘no me duermen’… ‘no me hace ni puto caso’… Líbreme el altísimo de caer en semejante tentación! Pero convengamos que las mujeres de mi ‘quinta’ lo tenemos, como poco, enrevesado. Somos la primera generación plenamente integrada en el mercado laboral. Mujeres que, además de trabajar fuera del hogar -recalco ‘fuera’ porque antes lo hacían ‘dentro’ y mucho- no renunciamos a criar nosotras mismas a nuestros hijos. Mujeres que, además de cerrar contratos y negociar con clientes, cocinamos, limpiamos, educamos, inventamos cuentos… Y no dormimos. Mujeres que nos esforzamos por recuperar la línea en un tiempo récord tras el embarazo, por cuidarnos y por echar por tierra de una vez por todas estupideces como la de que, a partir de las 40, nos volvemos invisibles.

Y, todo ello, mientras soportamos el incesante bombardeo mediático de modelos femeninas irreales de medidas perfectas, pechos desafiantes a la gravedad y sonrisas blanqueadas. Modelos irreales que nos venden como espejo en el que mirarnos cuando nosotras, como mucho, aspiramos a llegar a la hora de la cena con la suficiente energía para preparar un menú que, además de apetitoso, sea sano, nutritivo y complementario con el almuerzo escolar. Modelos irreales que, mientras nosotras nos partimos el pecho cada día en el trabajo y en casa, nos ‘enseñan’ cómo, a pesar de tener ‘una manita’ de niños, ellas sí que sacan tiempo para ir al gimnasio, a la ‘pelu’ y al ‘spa’ mientras su ‘personal shopper’ les nutre el fondo de armario de las prendas ‘must’ de la temporada y un equipo de internas enseña a sus hijos a hablar con acento filipino.  Y, mientras, nosotras, las mujeres de carne y hueso, nos empeñamos en ahogarnos en un vaso de agua con lo estupendamente que podríamos vivir si siguiéramos sus consejos. Lo dicho, lo tenemos, cuanto menos, enrevesado.

Pd: vosotros tampoco lo tenéis nada fácil. Pero eso da para otro post 😉

La letra pequeña…

Queridas Ana, Aurora y Leah:

Hay cosas sobre las que nadie te advierte antes de ser madre por primera vez. Cosas que se dan por supuestas o que, simplemente, no interesa recalcar por el bien de la supervivencia de la especie. Detalles que, a sabiendas o no, se ‘pasan por alto’ en los cursillos de preparación al parto y no son noticia en los medios, que prefieren endulzar los sentidos de la embarazada con un bello discurso único de exaltación de la maternidad. Es la letra pequeña de un nuevo estado perpetuo en el que ingresamos al concebir. Detalles tan nimios como que el parto sin dolor, no existe. Porque, por mucho que hayamos avanzado con respecto a las valerosas generaciones anteriores por obra y gracia de la bendita epidural, parir duele. Más que doler, abrasa.. Ese dolor tan bestial, tan desgarrador, hace que se despierte en ti el yo que dominará tu vida a partir del momento en el que nazca tu hijo: el yo mamífero. La delicada mujer civilizada que entro por la puerta de la clínica desaparece para convertirse en la hembra que, como si de una especie de ‘transformer’ se tratara, se desencaja por dentro para abrir camino a una nueva vida. Pero que no cunda el pánico. Os aseguro que es el dolor más brutalmente hermoso que sentiréis jamás y el necesario preludio al instante más feliz de vuestras vidas: el momento en el que veréis su cara por primera vez. No hay nada, absolutamente nada, comparable con el estado de éxtasis en el que entraréis cuando os coloquen a vuestro hijo sobre el pecho. En apenas unos segundos, su olor, su llanto, su forma de mover las manos se grabarán en el disco duro de vuestro cerebro para siempre. En el vuestro, y en el de vuestra pareja que, probablemente, no podrá controlar su temblor de piernas. Entonces, ya no habrá rastro de dolor. Sólo una felicidad indescriptible.

Pero, queridas amigas, lo duro llega luego. Al regresar a casa. Cuando, doloridas aún por los puntos y con los pechos a punto de estallar por la subida de leche, os preguntaréis qué hago yo ahora con esta cosa tan pequeña que, como si de una tortura programada se tratara, me despierta cada media hora con un llanto imposible de descifrar. ¿Hambre? ¿Gases? ¿Pis? ¿Reflujo? Entonces, dudaréis sobre la calidad de vuestra leche, sobre si le estaréis poniendo bien al pecho, o sobre si le dais biberón… Y surgirán decenas de voces amigas con consejos que, en la mayoría de las ocasiones, no harán más que acrecentar vuestras inseguridades. El subidón de endorfinas con el que vuestros cuerpos combatieron los estragos del parto dejará paso a una revolución hormonal de consecuencias impredecibles, a los ‘puerperium blues’. A las lágrimas sin motivo, a la tristeza, al nunca seré la que fui, y al cariño, te quiero… Tranquilidad. Por eso también pasamos otras antes. Aunque no se cuente. Relajaros y disfrutad del sumo placer de amamantar a vuestros hijos, sin relojes, sin control de horas, ni de tiempos. Los cronómetros, para el deporte. Y respirad. Dormid cuando lo hagan vuestros bebés. Escuchad música. Caminad al aire libre. Y limitad las visitas al máximo. Vuestra pareja, vosotras y vuestros bebés. No necesitáis más. Y si se os cuela alguien no esperado, que lo haga con un buen caldo en lugar de con un peluche. Queridas, the best is yet to come… Enjoy it…     

Pd: dedicado a Erik, Alejandra y Lola.

The fine print…

Dear Leah:

There are things that nobody warns you about before you become mom for the first time. Things that normally are taken for granted, or simply people prefer not to stress for the sake of the survival of the species. Details that are ignored   – deliberately or not – by the childbirth preparation courses and by the media, because they  prefer to sweeten the senses of the pregnant through a beautiful single speech about motherhood exaltation. It is the fine print of a new and perpetual state in which we entered when we conceive. Minor details such as that the so called “painless childbirth” does not exist, is not mentioned anywhere. Because, regardless how much we have progressed over the previous generations (plus the grace of the blessed epidural), giving birth hurts. It actually burns, rather than hurts.  That pain is so bestial, so heartbreaking, that your new “me” wakes up in order to stay with you forever: this new “me” is the “me, the mammal”. Therefore, the delicate and civilized woman that walked through the door of the hospital, suddenly disappears to become the “female”. As if you were a ‘transformer’, a distortion is produced inside you in order to give way to a new life. But do not panic. I assure you that it is the most beautiful pain you will ever feel, and it will be the necessary prelude of the happiest moment of your life: The moment when you see his face for the first time. There is nothing, absolutely nothing, compared with the state of ecstasy in which you enter when your baby is placed on your breast.  In a matter of seconds, his smell, his tears, and the way he moves his tiny hands, will be recorded forever in your brain’s hard drive. The same will happen to your husband, while he tries to control his trembling legs.  Then, there will be no trace of pain. Only indescribable happiness.

 

But, dear friends, once you return home, everything gets tougher. With some sore points remaining and with you breasts about to burst due to the rising milk, you will ask yourself:  “What should I do with this small thing?”. As if it were a programmed torture, that “small thing” will wake you up every half hour with an unreadable crying. Hungry? Gases?? Pis?? Reflux? Then, you will doubt about the quality of your milk, about whether you are doing the breastfeed correctly, or if you should use the bottle,…And dozens of friendly voices will emerge with advice that, in most cases, will only enhance your insecurities . The rush of endorphins in your body that fought the ravages of childbirth will give way to a hormonal revolution of unpredictable consequences, such as the “puerperium blues”. Unpredictable consequences such as the unreasonable tears, the spontaneous sadness, the “I’ll never be again” feeling, the love, I love you … Peace. Many women went through all these before (although not many speak about it). Relax and enjoy the great pleasure of feeding your children, with no timers, no control of hours or days. Because timers are for sports. And breathe. Sleep when your baby does. Listen to music. Walk outside. And restringe the visits. Your partner, you and your babies. You do not need anything else. And if an unexpected visit shows up, he rather comes with a hot soup rather than with a teddy bear. Queridas, lo mejor está por llegar… Disfrutadlo!

Pd: dedicated to Lola?? Erik?? and Alejandra.