Los días en los que viví peligrosamente… en Caracas

Leo las noticias sobre la muerte de Hugo Chávez y no puedo evitar recordar con nostalgia los días en los que viví peligrosamente en Caracas el golpe de estado de 2002, junto a Rafael del Naranco, director de EL MUNDO -el de Venezuela-, y el corresponsal de mi periódico, Ramy Wurgaft. Resacosa aún por el tóxico cóctel de miedo y popularidad del que me atiborré durante mi experiencia como periodista infiltrada, embarqué en un avión rumbo a Venezuela con la misión, aparentemente inofensiva, de encontrar a una modelo infantil aspirante a reina de la belleza cuyas fotos habían llegado a la redacción del MAGAZINE. Nada peligroso, nada extraño. Con lo que no había contado es que, durante el vuelo, la oposición al régimen se hubiera alzado en armas, obligando a Chávez a abandonar el poder para refugiarse en isla La Orchila. Con las rodillas aún temblorosas por ‘mi salida por patas’ de Miss España, aterricé en un país al borde del conflicto civil armado. Gracias a un conductor que del Naranco me envió al Simón Bolívar, logré llegar sana y salva a la redacción del vespertino tras observar por las ventanillas del coche los vestigios de una violenta lucha callejera que, el día anterior, se había saldado con más de una veintena de muertos y un centenar de heridos a manos de francotiradores y policías. Paradójicamente, entre todo aquel caos, encontrar a la niña aprendiz de miss resultó de una sencillez abrumadora. Me bastaron un par de llamadas a un número que localicé en la guía telefónica para descubrir que, carambolas del destino, la agencia que representaba a la pequeña estaba en la misma calle de mi hotel, apenas a dos minutos andando. Para mi sorpresa, ni ella, ni las otras dos aspirantes a modelo –una de ellas convertida hoy en una auténtica celebridad nacional- con las que quedé para la entrevistar me pusieron ninguna objeción para citarnos. El país ardía, pero la industria de la belleza no paraba. Y así fue como, mientras los chavistas pedían el regreso a Miraflores del derrocado, los opositores cruzaban los dedos ante la perspectiva de la llegada de un nuevo régimen y los ‘ranchitos’ de las colinas hervían, yo recorría la ciudad en un taxi con cristales tintados en busca de los ‘capos’ de los certámenes de belleza venezolanos. Una ciudad a lo ‘Blade Runner’, de rascacielos futuristas y carteles luminosos, en la que, llegada la noche, ‘no existían’ los semáforos en rojo. Allí conocí al cirujano de la factoría de las mujeres más bellas del universo. El que las quita de aquí, y las rellena por allá; una a una, o en serie. Un hombre de sonrisa inquietante que, sin reparar en mi identidad, me preguntó por el terrible escándalo que había sacudido el concurso de misses en España. Se me acabó el tiempo… Continuará…

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