Castillos de ilusiones

No puedo dormir. Llevo días dando vueltas a una frase que solía decirme uno de mis mejores amigos. Sostenía que sus padres le habían ‘engañado’. Que le habían contado que los buenos siempre ganan. Que le habían educado para ser una buena persona cuando, en esta vida, los que triunfan son los cabrones. Y, si encima, son cabrones bien parecidos, miel sobre hojuelas. Ahora, que me contemplo a mí misma ante la enorme responsabilidad de educar a mis hijos, con este incesante bombardeo de Bárcenas, Urdangarines y listillos de los eres, me pregunto hasta qué punto tenía razón. Les construímos un castillo de ilusiones, de reyes magos, de ratoncitos pérez, de princesas de Disney y de seres inmortales que, como mucho, cambian su hogar terrenal por un ático en el cielo desde el que nos cuidan hasta el fin de los días. Un castillo que, pieza a pieza, la vida real les desmonta con el paso de los años. Primero descubren que los reyes son los padres, luego que al ‘cole’ no sólo se va a dibujar y, casi sin darse cuenta, alguien les destroza el corazón y les ofrece un contrato ‘basura’. A partir de ahí, la ruleta rusa de la vida les puede deparar cualquier cosa.
Por eso, cuando pienso en qué quiero que sean mis hijos sólo se me ocurre una cosa: felices. No quiero ingenieras, ni pilotos, ni ‘nadales’. Quiero personas felices. Pero sé que esa felicidad ha de pasar por una fortaleza que temo no saber transmitirles. Y no hablo de una fortaleza al estilo espartano, sino de la fuerza necesaria para encarar las bofetadas de la vida con la suficiente inteligencia emocional como para no derrumbarse. Así que mientras me planteo como hacerles más resistentes de lo que yo misma he sido, intento transmitirles los valores que inculcaron en mí mis padres. Que la mentira tiene las patas muy cortas. Que con una sonrisa se consigue más que con una orden. Que las zancadillas hacen perder el equilibrio al que las pone. Que lo diferente no es ni mejor, ni peor. Que el esfuerzo tiene su recompensa. Que gracias es la palabra mágica que todo lo puede. Y que más vale no hablar para escupir por tu boca algo más feo que tu silencio. Unas sencillas lecciones que, probablemente, jamás me harán llegar a la cúpula directiva de ninguna empresa, ni tampoco a hacerme millonaria pero sí muy FELIZ. Por eso, amigo del alma, tú y yo sabemos que tus padres no te mintieron. Que, aunque no hayas sido el más ligón ni seas el más rico, el haberte educado para ser una buena persona fue un regalo del que ahora disfrutamos todos los que te queremos. 

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