‘Papaítos’ en el país de las pesadillas

Llevo despierta desde las cinco de la mañana. Mi hijo pequeño no estaba dispuesto a seguir durmiendo y, por lo visto, tampoco a que yo lo siguiera haciendo. A las 07:40 he salido de casa, con las botas sucias y el pelo lleno de nudos, para zambullirme en la enésima huelga de Metro de lo que va de año. He llegado al trabajo, agotada. Ojerosa. Y con esa incómoda ráfaga estrellada cegándome el ojo izquierdo que precede a una de mis odiosas migrañas. Un estado anímico perfecto para recibir el penúltimo capón guberno-laboral de la semana, que no están los tiempos para dejar que uno se vaya de fin de semana con la mente en calma. Pero así están las cosas. Es lo que toca. O, quizá peor, es lo que va a ser a partir de ahora hasta… Porque, a diferencia del fútbol, aquí no se cambia de mister si el equipo no funciona. En la vida real, a los misters no hay quién los mueva; el balón es suyo y, si así lo deciden, se acaba el partido. Y todos a casa.
Por eso, aunque este blog sea presuntamente una cosa de padres y madres, se me pone cuesta arriba tirar de diminutivos y recursos almibarados. Aunque lo intento, no me sale hablar de ropitas, manitas, comiditas, mimitos… Más bien, lo que me pide el cuerpo es tirar de sufijos aumentativos, y si acaban en ‘azo’, mejor que mejor. Me pregunto qué percibirán nuestros pobres vástagos de toda esta atmósfera irrespirable que nos rodea. Porque algo les llega, seguro. Sin ir más lejos, la otra tarde escuché con pavor como mi niño de 2 años tatareaba “Bárcenas, Bárcenas, tesorero lustroso…” con su casi incomprensible lengua de trapo. Se me revolvieron las madres pero he de confesar que solté tal carcajada que el pobre huyó despavorido y jamás ha vuelto a pronunciar nombre de tesorero alguno. Al menos, en mi presencia.
Y es que los niños tienen un sexto sentido. Saben cuándo algo apesta. Perciben las malas vibraciones antes que nadie. Ven más y mejor que nosotros. Y proclaman a los cuatro vientos la fechoría sin temor a la represalia: “Ese chico ha cruzado en rojo. Esa señora ha tirado un papel. Ese señor no ha recogido la caca de su perro. Es un guarro, ¿verdad?”. Sí, cariño, un guarro. Y el tesorero canoso tiene la mano muy larga y la moral, muy corta. Y la Infanta, un morro que se lo pisa. Y la señora que dice que tiene que haber muchos pijos porque consumen más, una gilipollas. Y los que nos ahogan con sus recortes… Unos cabroncitos, malvaditos que deberían de ponerse un poquito en nuestra chamuscada pielecita.

S.O.S.:’Operación bikini’

No puedo con la ‘operación bikini’. El empacho de píldoras y cremas chupagrasas me produce desazón. No soporto los consejos de las famosas para tener un cuerpo 10. Me repele el diccionario de dietas, de la Dunkan a la del tomate. Y me cuesta entender por qué damos tanta bola a semejante colección de simplezas primaverales. No comprendo por qué nadie grita a los cuatro vientos que la ‘operación bikini’ es una sandez; que lo suyo es abonarse de por vida a la ‘operación pantalón’, por llamarlo de otra manera igualmente estúpida. Porque matarse a hacer abdominales y alimentarse de proteínas durante dos meses para lucir tipín a lo Pepit@ Piscinas suena ya un pelín desfasado. Por mucho que los celebrities de turno nos lo envuelva para regalo, ya no cuela. Ellos, y nosotros, sabemos que sus torsos de porcelana no se esculpen en un día. Tampoco, mientras duermen. Que por mucho que nos untemos con ungüentos milagrosos, la ilusión no es suficiente si la química no acompaña. Y la química, con perdón, no obra milagros.

Lo digo porque yo misma lo experimente en mis carnes cuando era más joven y crédula. Porque yo también fui una veinteañera atrapada por el influjo de esos especiales culos que preparan las revistas femeninas para cultivar la envidia de mujeres y la lascivia de los varones. Con la misma fuerza que creía la historia de amor de Juan Carlos y Sofía o la inocencia de Armstrong, creí en las cremas anticelulíticas y, a mi espejo pongo por testigo de que ninguna me funcionó (aviso a fabricantes: acepto el reto de probar si alguna lo hace y narrarlo en primera persona). Lo único que se redujeron fueron mis ahorros de estudiante con empleos temporales, pero mis cartucheras permanecieron incorruptibles.

La edad me enseñó que no hay peor tejido adiposo que el que se instala en las neuronas. Y que el secreto no es quitarse el pan y embadurnarte en geles fríos mientras te tragas la programación íntegra de la tarde-noche en la televisión, picoteando biscotes integrales, un mes antes de sacar el bañador del armario. La meta no es estar como la Paltrow o Cameron Diaz –Hugh Jackman, en el caso de vosotros- porque, aunque nos las sigan metiendo por los ojos como ejemplos a seguir, toda esa colección de macizos y tías buenas no juegan en nuestra liga. Sus entrenadores personales, sus nutricionistas y sus cirujanos, tampoco. El objetivo es sentirse bien, ágil y, ante todo, feliz. Así que, aunque los medios de comunicación nos sigan dando el coñazo con modelos inalcanzables, yo seguiré clamando en mi desierto de humilde bloguera por esa gente corriente que come bien –y de todo-, hace deporte con regularidad y no se obsesiona con esos cánones de belleza irreales con los que nos bombardean.

‘What a wonderful world…’

Se nos ha ido el santo el cielo. Nos preocupamos por criar a hijos fuertes y sanos, bilingües, deportistas e independientes. Les alejamos de los azúcares. Cambiamos de canal cuando empiezan los informativos para no herir sus impolutos cerebros con las crueles imágenes del aterrador mundo real. Reciclamos. Llevamos las botellas y el papel a sus respectivos contenedores. Estamos preocupados, concienciados y decididos a luchar por dejarles un planeta ‘vivible’, pero no nos hemos dado cuenta de que el oxígeno que nos rodea se ha vuelto irrespirable. Nuestros hijos, gracias al esfuerzo de todos, seguirán teniendo bosques a los que huir los fines de semana en busca de un esporádico contacto con la naturaleza pero, o la cosa cambia mucho –y no tiene pinta- las pasarán moradas para poder costearse una carrera universitaria y tendrán que luchar como animales por abrirse paso en un mercado laboral darwinista en el que sólo sobrevivirá el más fuerte. De la vivienda, mejor ni hablamos.

Dicen que será la primera generación que vivirá peor que sus padres. Y yo, cada vez que leo predicciones como esa, siento que les estoy fallando. Pienso que les estoy envolviendo en un mundo de cariño y fantasía que caducará en el momento en el que se den de bruces con la adolescencia. Y me pregunto qué estamos haciendo nosotros, los padres, por intentar dejarles una sociedad mejor. Lo sé, tenemos suficiente con intentar sobrevivir a esta crisis que nos ahoga pero… ¿No debería de llegar nuestro compromiso con nuestros hijos un paso más allá? Pero, ¿cómo se recicla una civilización enferma de consumismo y deseosa de dinero fácil? Lo sé. Soy una idealista. Probablemente, aunque yo siga clasificando mi basura en orgánicos, papel, envases y vidrios, puede que, como a veces me cuentan, todo se mezcle en algún vertedero. Puede que lo mejor sea hacer las maletas y buscar un sitio mejor. Porque, idealista o no, no me resigno a dejar un mundo peor a mis hijos. ¿Y vosotros?

No nos mires… ¡Corre!

Imagen

Deporte, solidaridad y redes sociales. El triángulo funciona. Más que eso, se ‘sale’. Y, a coste cero, llega dónde otros ni siquiera logran acercarse a golpe de talón. Porque la ilusión, la energía y la fe en un proyecto mueven muchas más montañas que las campañas millonarias. Porque, por si aún hay alguien que no se ha enterado, algo se está ‘cociendo’ en muchas ciudades españolas, con Madrid a la cabeza. Porque la gente corriente, harta de malas noticias y peores rollos, necesitamos motivos para ilusionarnos. Y no hablo de unos Juegos Olímpicos que nunca llegan. Las gestas mediáticas de otros, el “soy español, ¿a qué quieres que te gane”, ya no bastan. Nos ha tocado el turno a nosotros, a los españolitos de a pie, de protagonizar nuestras propias historias de superación, de esfuerzo, de demostrar a nuestros hijos que se hace camino al andar y no al dejar la huella indeleble de nuestras posaderas en el sillón.

Así que, sin más altavoz que las redes sociales y sin apoyo institucional alguno, que no están los tiempos para subvenciones, iniciativas como las de los Drinking Runners (@drinkingrunners) o las Mujeres que Corren (@MQCbycrismitre) están movilizando a una masa hambrienta de buen rollo, de experiencias gratificantes y de buenas noticias. Y el que todavía no es capaz de ver el enorme potencial de este movimiento espontáneo debería de graduarse la vista con urgencia. O, simplemente, informarse. Enterarse de que, desde finales de enero, los animosos Drinking han superado ya los 3.000 kilos de comida, recogidos en nombre de #KmsXalimentos; saber que Cristina Mitre, en unión con el Proyecto Corre contra la leucemia infantil de unoentrecienmil, logró reunir a 300 mujeres en su tercera quedada de runners femeninas. Corredoras, como mis amigas Carmen y Mila o yo misma, que disfrutamos de estas citas deportivas en compañía de nuestras familias.  Porque, al final, de lo que se trata es de respirar deporte, de que seamos nosotros los que sudemos las camisetas. De que nuestros hijos conciban el deporte como una forma de vida, no sólo como un espectáculo televisado.

 

Pd: los Drinking Runners os esperan en su próxima quedada. La cita será el 20 de abril, a partir de las 9:30, en la Casa de Campo de Madrid, junto al parking del Zoo. ¡A quemar zapatillas!

‘Guaguau-glotas’

Mi mejor amiga es una mujer de carácter. Por sus venas corre sangre navarra y todo lo que tiene de buena, lo tiene de… llamémoslo, directa. Para ella, los eufemismos no existen. El pan es pan; el vino, vino. Antes de entrar en el club de las madres, solía criticar con dureza a esas personas que hablan a los niños en extraños dialectos plagados de diminutivos, onomatopeyas y palabras traducidas al que, a su entender, debería de ser la lengua nativa de los más pequeños. “Son pequeños, pero no tontos. ¿Es que no se dan cuenta?”. Repetía. Yo, he de ser franca, no me había percatado de esa extraña tendencia de algunos adultos ni de sus efectos sobre los impolutos cerebros de nuestros vástagos pero tomé nota. Y, cuando fui madre, decidí poner todo mi empeño en desterrar de mi vocabulario a “los miamiaus” que corrían por las calles perseguidos por los “guaguaus” que, hambrientos, buscaban algo de “chichita” para llevarse a la boca con mucho cuidado de no hacerse ‘pupa’. Y no por una cuestión de ‘postureo’ intelectual, sino por pura practicidad. Opté por enseñar a mis hijos un solo idioma, el español de toda la vida, reservando el bilingüismo para un idioma útil, como el inglés, en lugar de volverles locos con uno inventado.

Porque, como bien decía mi amiga del alma, los niños no son tontos. Son muy listos y tienen una capacidad de aprender infinitamente mayor que la nuestra. No hay más que ver lo bien que utilizan los tacos que cazan al vuelo y sueltan en el momento justo, en la situación apropiada. Observan, estudian y graban todo en sus discos duros. Nos brindan a nosotros. los padres, la oportunidad de oro de abrirles los ojos y las orejas a un mundo nuevo de conocimientos, sensaciones y experiencias. Un mundo nuevo en el que, además de princesas de Disney y Cantajuegos, también deberían tener cabida Spielberg, los Rolling o Serrat. Los límites los ponemos nosotros, los adultos que narcotizamos a nuestros niños con tallarines y elefantes de sonajeros gigantes. No se trata de adelantar acontecimientos, entiéndanme, ni de imponer nuestros gustos de adultos, ni de hablarles como académicos de la Lengua. Simplemente, de facilitarles las cosas. O, como hace mi amiga, llamar al pan, pan; y al ‘guauguau’, perro. Vamos, creo yo.

 

La Liga de las mujeres extraordinarias

Son madres, entradas en los 40 y lucen cuerpos perfectos, esculpidos con mimo en agotadoras sesiones con su personal trainner . Practican el último grito en yoga y sus neveras están pobladas por alimentos ecológicos cultivados por fornidos granjeros con manos de pianista. No beben. No prueban los hidratos de carbono y, peor aún, no dejan que su hijos lo hagan no vaya a ser que les gusten. Marcan tableta y sus glúteos desafían a la gravedad cuál trasero de stripper veinteañera. Nunca se acuestan sin desmaquillarse, ni sin aplicarse ese tratamiento de belleza de última generación que, además de milagroso, cuesta lo que la compra mensual de una familia media. Así son ellas. Así son las mujeres extraordinarias que los medios nos ponen como ejemplo a nosotras, pobres madres terrenales, que compramos en el ‘súper’ productos de marca blanca y atiborramos a nuestros vástagos de macarrones. Pobres madres terrenales que buscamos en el photoshop y el bisturí una explicación lógica a tanta diferencia entre unos senos, lo suyos, sin rastro de embarazos, y los nuestros.

Pobres madres terrenales que, a falta de medios, tiramos de ingenio. Que corremos en el parque y subimos las escaleras del metro andando para invertir el dinero del gimnasio en comprar cuentos de Spiderman a nuestros hijos. Que mezclamos el aceite de Rosa Mosqueta con el de almendras para fabricar nuestro elixir de juventud y que usamos bikinis con relleno para aminorar los estragos de la lactancia. Pobres madres terrenales ojerosas, reales como la vida misma, surcadas por las estrías y con las arrugas de expresión cada día más marcadas por reír a carcajadas ante las ocurrencias de nuestros vástagos.

Madres a las que se nos ponen los pelos como escarpias al ver como se anuncian en televisión inocuos polvos mágicos que neutralizan el nocivo efecto de un inofensivo trozo de tarta al que dos amigas observan como si de un amenazante misil coreano se tratara. Y todo ello, en horario infantil, para uso y disfrute de unas adolescentes, en pleno ataque de inseguridad, que todavía no aciertan a entender que la mujer de verdad es su madre, la de las caderas anchas, y no la maciza que desfila con alas de angelito.

Padres tóxicos

Nos apesta el aura. Vivimos en tensión. Estamos cabreados, acomodados en un permanente estado de ‘y tú, más’. Llegamos a casa agotados de trabajar, mal comidos y peor respirados tras sobrevivir a la  sinfonía encadenada de eres en insalubres edificios inteligentes de ventanas que no se abren y suelos de moqueta que no se friegan. Desprendemos toxicidad. Somos padres radioactivos que regresamos al hogar rezumando energía negativa en busca de unos hijos a los que cargamos con la responsabilidad de devolvernos la fe en el género humano. Buscamos refugiarnos en sus besos, en sus palabras infantiles sin darnos cuenta de que los niños, niños son. Y que, a diferencia de los que nos abroncan a sabiendas de que nos están amargando el día, ellos nos la lían parda porque hacerlo es una función que les viene de serie. Así que, mientras fantaseamos con atravesar el umbral de nuestros hogares para encontramos con querubines que se enganchen a nuestros agarrotados cuellos para decirnos lo mucho que nos han echado de menos, la realidad nos depara un cuadro bien diferente. Rabietas, trastadas, inapetencias, celos… Esos momentos críticos ante los que los expertos nos recetan a nosotros, padres del mundo, una colección de recomendaciones de perogrullo. No se grita. No se cede al chantaje. No se pierden los nervios… ¡Nunca se llora de la desesperación ante los niños! Obviedades empaquetadas en decálogos y vendidas como si de la fórmula de la Coca Cola se tratara para padres en apuros.

Yo, que no soy experta pero sí madre, me pregunto por qué, además de toda esa colección de simplezas, no se propone atacar el problema de raíz. O, lo que es lo mismo, por qué no nos lo hacemos mirar. Por qué no chequeamos nuestra salud mental para ser capaces de transmitir a nuestros hijos los valores correctos y unos comportamientos cuerdos. Lo sé. Soy una soñadora. Pero soñar es gratis y me divierte. Por eso, me pregunto por qué no podemos respirar antes de abrir la puerta de casa y desintoxicarnos de la mierda que arrastramos. Por qué, en lugar de pasarnos dos horas y media sentados para atiborrarnos del grasiento menú del día de turno, no vamos a sudar nuestras penas al gimnasio o a inyectarnos endorfinas en vena con una carrera por el parque. Por qué no intentamos relajarnos y, en lugar de pasarnos el día a codazos como si fuéramos jugadores de baloncesto en la zona, no nos esforzamos en hacer la vida un pelín más agradable al prójimo. No ganaremos más dinero. Ni nos salvaremos de los eres. Pero seremos más felices. Y llegaremos a casa con la suficiente fortaleza mental para aplicar esas reglas de oro que nos proponen ‘los que saben’. He dicho.