Yo confieso…

Soy culpable. Lo admito. Practico el colecho con nocturnidad, asiduidad, alevosía y toda la serie de agravantes que a uno se le pueda ocurrir. Y lo hago a lo grande.  Soy ‘colechadora colectiva’ o múltiple. O como quiera que se llame. Y lo hago por puro instinto de supervivencia, como única estrategia validada por la práctica real para hacer frente a la desquiciante sinfonía de toses, lloros y terrores nocturnos que pueblan nuestra casa cada noche. Y es que con tres niños, para que queremos movida nocturna si la tenemos toda a domicilio. Por eso, en pleno uso de mis facultades y sin coacción alguna, metí a mis retoños en el lecho marital, a sabiendas de las consecuencias que podía acarrear semejante acto, con la esperanza de poder descansar… un poco. Al menos, de esa manera, no tendría que levantarme las ‘x’ veces multiplicadas por tres en las que mis hijos piden agua, tienen miedo o, simplemente, sueñan con el Duende Verde. Y podría estar en pie a las 6.30 para ir a trabajar con cierta… dignidad. No sin antes, confieso también pero esta vez avergonzada de verdad, convertir a mi primer hijo en el conejillo de indias de un método que, a mi juicio, debería de llamarse ‘Este Vil’. Un sistema, infalible para algunas de mis amigas, pero que a mí, en lugar de un perfecto dormilón, sólo me dio como resultado muchas lágrimas –las del niño y las mías-, sábanas vomitadas y broncas maritales. Así que decidí ‘archivar’ el inefable manual del doctor superventas para caer, sin yo misma saberlo, en la doctrina opuesta: en la fe del ‘bésame mucho’, del apego, de la lactancia materna y del colecho sin remordimientos que propugna Carlos González. Y ahí sí me sentí a gusto. A gusto, que no a salvo. Porque entonces me empezaron a bombardear las voces amigas que me vaticinaban el fin de los días de mi relación conyugal o la debilidad de carácter de unos vástagos, los míos, criados en una enfermiza sobre exaltación del amor materno filial. Complicado, muy complicado sobrevivir al ‘chorreo’ de profecías apocalípticas. Pero lo sigo intentando. Y, aunque deseo que llegue el día en que mis hijos duerman solos -uno ya lo hace sin método alguno- y lo hagan de un tirón, mientras sigo disfrutando del placer de besarles, de olerles y de acariciarles mientras duermen. Todo ello sin que, por todo ello, haya dejado de desear volver a recuperar ese espacio para mi pareja, a la que idolatro, y para mí. Ese y muchos otros… Pero, qué se le va a hacer, soy de las que piensan que la solidez de una relación ha de basarse en pilares más sólidos que la suave laxitud de un colchón de viscolatex.

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3 comentarios en “Yo confieso…

  1. Me encanta todo lo que escribes y la facilidad con la que plasmas lo nos pasa a muchas de mujeres. Das en el clavo totalmente. Enhorabuena!

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