´Be water, my love´

“El matrimonio no es bueno ni malo. Es largo, muy largo”, nos dijo el pediatra, un hombre sabio y de voz enérgica, en una de las revisiones de nuestro hijo mayor tras ser testigo de una de nuestras trifulcas de padres primerizos. Aquel hombre sabio, obviamente, peinaba canas y nos hablaba de una unión a la que los de su generación se lanzaban antes de cumplir los 30 con la firme creencia del ¨hasta que las muerte os separe¨. Ese hombre sabio, a pesar de vivir conforme a sus principios, era consciente de que la gente hoy se divorcia mucho, pero menos aún de lo que quisiera porque la crisis económica no respeta ni a los corazones rotos. Porque ahora, mientras hasta los yogures pierden su fecha de caducidad, las parejas parecen unirse con ella grabada a fuego en el Libro de Familia: consumir antes de que se acabe la pasión. Jamás olvidaré esa frase. Y mi marido, tampoco. Una sentencia que, a oídos de un corazón soltero en busca del calor de un hogar, suena a viejuna, pero que escuchada por unos recién casados se convierte en una especie de escalofriante predicción.

Hoy, cuando leo -porque ahora no se habla con los amigos, sino que se les lee en las redes sociales- a mis amigas solteras sus relatos de citas, sus sueños e ilusiones recuerdo cuando yo era una de ellas. Cuando, en una vida pasada y mucho menos plena que la actual, me inquietaba saber qué relación causa-efecto existía entre la nula locuacidad de las parejas que se sentaban en las mesas contiguas de los restaurantes que frecuentaba y las brillantes alianzas que ceñían sus dedos anulares. Me preguntaba por qué algunas personas –no todas- perdían la luz tras casarse, se volvían mustias… aburridas. Y me juraba y perjuraba que mi marido, quién quiera que fuera, y yo jamás seríamos así. Pensaba que el amor todo lo podía, que las relaciones fluían a lo ¨be water¨ de Bruce Lee. Todo por culpa de los Grimm, Disney y el cine americano, otra vez.

Años después, con un marido y tres hijos, por fin entiendo todo. La división entre solteros y casados, ese aspecto apagado… Pasan los días y, a pesar de gozar de una felicidad absoluta, el agotamiento te puede. La lucha por la supervivencia, familiar y laboral, te mina las energías. Y te das cuenta de que, al final, cada pareja es, poco menos, que un milagro. Porque es un milagro que, en esta época de absoluto hedonismo y ‘fast love’, perdure algo. Y que lo haga sobre un dogma de fe cuya invención alguien atribuyó hace poco a “poetas y curas”: el amor.  Una especie de locura, más o menos transitoria, que logra que dos personas, cada una de su padre y de su madre, convivan con sus manías, sus gustos y sus fobias sin tirarse la vajilla de porcelana a la cabeza.

Pero los casados sabemos que el amor no es suficiente. Que el matrimonio es una lucha diaria cuyos combates, paradójicamente, se recrudecen con la llegada de la mayor de sus bendiciones, los hijos. Hasta entonces, todo es más o menos sencillo. Se hacen planes, se entra se sale… Se duerme. Los gritos, de odio y de placer, no tienen más testigos que unos vecinos a los que, en la mayoría de los casos, ni conoces.

Pero los niños lo cambian todo.  El reparto de tareas, las diferencias sobre la educación… El ya no me haces caso, el no les des tantas chucherías… Dejas de dormir. Y, entonces, las broncas se tornan en armas de destrucción masiva en el interior de unos cerebros infantiles que absorben como esponjas cada grito, cada portazo, cada improperio. Ahí está el reto. Ahí es dónde nos vemos ante el deber de dar el do de pecho. De luchar y de no tirar la toalla. Y de recordar que esos padres agotados que ahora vivimos entregados a nuestros hijos éramos, no hace mucho, un par de tortolitos que paseaban por las calles cogidos de la mano, sin relojes que les marcaran la hora del baño. Que todo tiene un ciclo, que los sentimientos cambian, se transforman y se hacen más fuertes sobre unos cimientos mucho más sólidos que el subidón sexual de los comienzos. Que las escobas nuevas siempre barren bien y que afuera hace mucho frío. Que el tiempo pasa más rápido de lo que pensamos. Que, en casa, los ‘polluelos’ nos necesitan. Que ya no somos dos seres independientes que se conocieron una noche y decidieron no separarse jamás. Porque juntos o cada uno por su lado, tenemos una idéntica misión en la vida: preservar los años más felices de sus vidas.

 

 

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6 comentarios en “´Be water, my love´

  1. Jo, Gema. Me dejas sin palabras, una vez más…

    Qué lucidez la tuya, qué claridad de ideas, qué precisión a la hora de transmitirlo.

    Felicidades una vez más. Pero especialmente ésta. Sigo admirando tu capacidad de sacar enseñanzas en todas las experiencias de la vida. Así no te podrá ir mal nunca. Porque aunque alguna vez te equivoques (que lo harás, como todo hijo de vecino), aprenderás de ello. Y eso te hace cada vez más fuerte, más segura, más independiente y, por supuesto, más sabia!

    Eres un lujo! Besos mil.

  2. Impresionante. Me he puesto a llorar en plena oficina. Glups! Nunca más te leeré en público. Gracias por escribir radiografías semanales de mi vida.

  3. en ¨palabras para julia¨, José Agustín Goitysolo, escrbe ¨Te sentiras acorralada, te sentirás perdida y sola, tal vez querrás no haber nacido. La vida es bella ya verás como a pesar de los pesares tedrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos¨.¨(..). La canta Paco Ibañez, ¡¡¡IMPRESIONANTE!!!

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