21 kilómetros de endorfinas

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He corrido por encima de mis posibilidades. Por encima de las posibilidades de mis articulaciones, para ser más exactos. Camino como Silvester Stallone. No puedo bajar, ni subir escalones. Pero tengo un subidón de endorfinas tal que me comería el mundo… Si eso se pudiera hacer sentada, claro está. Todo porque hoy, contra todo pronóstico, he terminado mi primera Media Maratón y, para dar más datos, lo he hecho con cierta dignidad, teniendo en cuenta que entreno un día a la semana.

No ha sido fácil. Sufrí como una perra. El primer kilómetro, hasta el señorial portal de Bárcenas, más o menos, me crujían las rodillas, los tobillos…Me dolía hasta el pelo.  Pero, a partir del 5, los gritos de los legionarios me llevaron en volandas. Me sentía Ronaldo, jaleada por el Fondo Sur. Y me recreé en la ‘faena’. Porque correr por mitad de la calle Serrano con un cielo espectacular y una temperatura perfecta es para recrearse, gozar y grabarlo todo en la memoria para siempre.  Eso y que el cuerpo de bomberos ponga las sirenas a tope a nuestro paso para cabreo, intuyo, de los vecinos del barrio.

Con la ayuda de Bruce cantándome al oído y los ánimos de mi ‘compi’ de carrera, la también trimadre Carmencita, llegué al kilómetro 12 fresca de corazón, pero rota de huesos. Del gozo pasé al sufrimiento. Se acabó el recreo, el disfrutar de los edificios, del cielo, del aire frío en el rostro, de las memorias de una esquina en la que no me esperaba esa persona a la que adoraba y que nunca volverá. Ni el ´Fire´ de Springsteen me levantaba el alma, ni los pies. Cada pisada era un dolor. Y cada giro en el recorrido, un ‘cago’ en los organizadores, aprendices del marqués de Sade que se empeñan en torturarnos con la escalada de todas las cuestas de Madrid. Porque si algo se aprende en las carreras es que las ciudades tienen cuestas, muchas cuestas. Cuestas como la de Diego de León hacia Príncipe de Vergara; la de Atocha dirección Alfonso XII y la terrorífica Alcalá hasta O’Donnell, kilómetro 19 de la competición.

Llegué a pensar que no lo conseguiría. Que mis rodillas no darían más de sí. Pero lo hicieron. Y Carmencita, mis ASICS y yo atravesamos la línea de meta con las lágrimas en los ojos  y rotas por el dolor. Al regresar a casa, vernos caminar era un espectáculo. La gente nos miraba con lástima por la calle, pero nosotras no olvidaremos este día. El día en que, tras dos horas de carrera, terminamos nuestras primera Media Maratón y llegamos a casa para ir al parque, preparar la comida, hacer los deberes… Porque el baño y masaje es para los ‘pros’; para las ‘trimamis’… ¡El ritmo no para!

 

 

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