Bellas sin alma

Cuando fui miss, previo pago, me quisieron operar la nariz. Me dijeron que, con semejante apéndice nasal, jamás lograría triunfar en la televisión. Y mucho menos ganar un concurso de belleza. Ya que estábamos, además de moldearme la puntita nada más, me ofrecieron dar volumen a mis labios con inofensivas inyecciones de no sé qué. Sobre el pecho no me sugirieron nada porque el relleno, que obra milagros, les hizo ver dónde no había. Mis piernas no estaban mal pero, a su juicio, eran demasiado musculosas. Cosas del deporte. Me dijeron que era baja, que con mi 1,72 no iba a ningún sitio en el mundo de la moda. Y que me sobraba algún kilito.  Que caminaba como un futbolista. Minucias. Tonterías que debía de corregir si quería hacerme un hueco en las pasarelas, algo que, obviamente, no entraba en mis planes. Así que, al terminar mi reportaje, volví a mi sitio en mi suplemento más feliz que una perdiz, con mi nariz, mis labios y mis cuádriceps de Ronaldo. Respire aliviada, libre de aquella dictadura de las medidas perfectas.

Y se produjo en mí el efecto rebote. Lejos de experimentar el síndrome de Estocolmo, desarrollé una aversión incontrolable por todo lo que implica ese mundo superficial y estéril de la belleza. La belleza sola, sin compañía de nada. La belleza insulsa de catálogo, perfecta, regular, sin estridencias, sin estrías, sin cicatrices, sin michelines, sin arrugas. La belleza falsa, inyectada, operada, eternamente joven y edulcorada con photoshop. Esa belleza ridícula que hace que las mujeres –y hombres- de la calle se sientan, por comparación, poco atractivas, gordas, planas, viejas… Una belleza que no repara en evitar las caries, pero se obceca en el blanqueamiento dental. Que busca la delgadez pero no la salud; que plancha las arrugas arrasando la expresión y que esculpe glúteos de hierro en el quirófano porque hacer deporte, además de cansar, hace sudar y eso es una ordinariez. Una belleza que no dice nada pero de la que todos hablan y que me aburre hasta producirme el bostezo.

Así que, una vez más, mi post va para todos esos hombres y mujeres de verdad. Los que se lo curran cada día, haciendo deporte y comiendo bien. Para esa gente que no tiene tiempo para andarse con chorradas marketinianas y simplemente busca estar mejor. A esas madres que no logran liberarse de los kilos de más que cogieron durante el embarazo (¡sí, se puede!). Y a esos a los que el horario laboral apenas les permite tomarse un respiro para trotar. A esas adolescentes pletóricas de unas curvas de las que ellas se quisieran desprender pero que para sí quisieran muchas escuálidas de pasarela. Todos a hacer deporte y… ¡Arriba esa autoestima!

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¿Nos movemos o qué?

Que no. Que así no vamos a ninguna parte. Que gastándonos el sueldo del mes en cremas milagro, polvos mágicos y tratamientos estéticos no lograremos ponernos como la Mcpherson (sigo prestándome al reto de demostrar que ninguno de esos ungüentos funciona). Que el cuerpo 10 no existe. Que lo único que nos hace tener un buen cuerpo, me refiero a uno sano y ágil, es un cerebro bien amueblado a prueba de bombardeos publicitarios estacionales. Que el cuerpo perfecto no se corresponde con el 90 (más bien 120 siliconado)-60-90 de las revistas, sino con unos análisis de sangre sin flechitas en rojo.

Porque, aunque la operación bikini mediática nos siga dando el coñazo con sus ridículas recomendaciones, yo no cejaré en mi empeño de lograr que los míos muevan el trasero. Que no sea tan vaga. Que esos 70% y 49% de setas femeninas y masculinas patrias, respectivamente, se enteren de una vez por todas de que hay que cuidarse. Que eso de intentar perder esos kilos de más a fuerza de geles fríos y dietas de celebridades, en lugar de currárselo día a día con una dieta sana y ejercicio, ya no cuela. Que lo importante no es marcar tableta, sino mantener una carrocería digna que nos duré lo máximo posible.

Y doy fe de que, poco a poco, voy haciendo mella en las conciencias de mi gente. Porque, aunque parezca mentira, esta humilde ventana a la que me asomo cuando mis hijos me lo permiten, tiene sus seguidores y, cada vez que uno me cuenta que se ha comprado unas zapatillas o ha empezado a nadar, doy palmas con las orejas. Sé que no es fácil. Todos estamos agobiados y cansados. El trabajo, la familia, la casa… El día, por mucho que lo estiremos, tiene 24 horas y hallar un resquicio para hacer deporte no es una tarea sencilla. Pero debemos de encontrarlo. ¡Cueste lo que cueste! ¿Verdad, Luisito? Blanca, Mila y Paz ya lo han hecho. A Arancha la tengo ‘a punto de caramelo’. Y todas están mucho más guapas, luminosas y, sobre todo, de mucho mejor humor. 

Así que, en lugar de ir a la parafarmacia a gastar la pasta que no tenemos en el último anticelulítico, invito a mis cofrades, como diría el gran Rafa Lomana, a calzarse las zapatillas y a trotar cual gacelillas urbanas por esos caminos de tierra de alguno de nuestros parques. Con la música bien alta y, a ser posible, con Bruce o los Rolling como banda sonora. O a Melendi, si es necesario… A ver si, entre todos, mejoramos esas patéticas estadísticas de práctica deportiva en España. Y dejamos las setas para cocinarlas con jamón.

Pd: a veces, más es menos. Os paso un enlace del NYT. Curiosamente, esta misma rutina, brevísima, es la que hago yo cada mañana desde hace años… ¿Por qué no lo intentáis? http://well.blogs.nytimes.com/2013/05/09/the-scientific-7-minute-workout/?smid=tw-share

La espeluznante invasión de los niños androides

Damas, caballeros… Los niños… ¡Lloran!! Y patalean, y gritan. Los niños se tiran por el suelo.  Tienen rabietas. Se van por el camino opuesto al que le señalan sus padres. Se chupan el dedo y restriegan su excrementos por la moqueta. No quieren comer. Los niños se despiertan por la noche. Y despiertan a sus padres. Se hacen pis en la cama. Tienen miedo. Quieren agua. No saben bañarse solos. Ni tampoco prepararse la comida. Ni volver a casa desde la guardería. Y tienen celos. Señoras, señores, madres y padres del mundo… Los niños no abren los ojos cada mañana con una dulce sonrisa para recordarte que eres el más guapo, la más buena. No te preparan sopa caliente si estás resfriado. Ni te dan ibuprofeno si tienes resaca.

Los niños son niños. Igual que lo fuimos nosotros. Porque, aunque a alguien en su exquisita madurez se le pueda llegar a olvidar, nosotros también lloramos, despertamos a nuestros padres cinco veces cada noche y nos rebozamos por el suelo en un vano intento de que nos compraran aquel juguete del escaparate. Nosotros, queridos cofrades, tampoco quisimos comer verdura. Las espinacas también nos daban asco. Y también nos atiborrábamos a escondidas con las chuches que nos compraban nuestros abuelos. Nosotros también tuvimos terrores nocturnos. Y corrimos temblando en busca de cobijo bajo las sábanas de la cama conyugal.  Nosotros, ojo al dato, también nos peleamos con nuestros hermanos. Y fuimos caprichosos. Y hasta me atrevo a asegurar que rara vez dimos las gracias a nuestras madres por la deliciosa comida que nos había preparado o a nuestro padre por endulzarnos las mañanas del sábado con las canciones de Serrat.

Pero, a diferencia de nuestros niños, a nosotros no se nos exigió andar a los 14 meses; decir “mamá y papá” en un castellano perfecto a los 20 y tener el revés de Nadal a los 10 años. A nosotros, nuestros padres, no nos estigmatizaron por llevar pañal a los dos años. Ni por no comer sólidos antes de los cuatro. O me falla la memoria, o nuestros padres no nos castigaron sin televisión por llorar en público. O por montar el numerito cuando estábamos cansados. O por no saber vestirnos solos y con la ropa adecuada en un tiempo récord antes de que se nos hubiera caído el primer diente de leche. Porque, o yo soy una madre muy blanda y permisiva –que no digo que no- o me da la impresión de que se nos está yendo de las manos esto de educar a nuestros hijos como seres perfectos, independientes, políglotas, melómanos, campeones y, a ser posible, fieles reflejos de nuestros, presuntamente, perfectos yo… adultos. Nadie discute la imposición de normas. La transmisión de principios. Pero… ¿alguien puede explicarme de dónde vienen tantas obligaciones a tan corta edad? ¿por qué les exigimos a ellos cosas en las que nosotros mismos fallamos?

Lástima que alguno de esos niños a los que presionamos para ser adultos antes de tiempo no nos diga un par de cosas bien dichas. No nos pregunte por qué estamos todo el puñetero día mirando el móvil como si nuestra vida dependiera de lo que allí escribimos o leemos. Por qué estamos más pendientes del whatsapp que de sus pinitos como escaladores en los columpios del parque. Por qué saltamos de alegría con los triunfos de una panda de tíos en pantalón corto y no hacemos lo propio con sus logros diarios. Por qué no jugamos con ellos en lugar de trastear con el Ipad. Por qué nosotros manchamos la taza del wc. Por qué no comemos más fruta. Por qué no leemos más libros. Por qué no hacemos más deporte. Por qué discutimos a gritos entre nosotros. Por qué insultamos al volante. Por qué mentimos. Por qué jodemos la vida al prójimo. Por qué fallamos a la gente que queremos… Por qué, me pregunto yo también, no conservamos esa sabiduría, esa bendita ternura con la que venimos al mundo para convertirnos, a fuerza de normas e imposiciones absurdas, en ciudadanos de… ¿bien?

Tenemos más de 40 años… ¡y nos molamos!

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A los 40, decían, nos volvíamos de celofán. Transparentes. Perdíamos la luz. Se nos caía la cara. Y el trasero. Nos aleteaban los brazos. La gravedad nos derrotaba. Hollywood nos desterraba. Los cantautores nos cambiaban por dos de 20, si podía ser. El decoro nos invitaba a cortarnos la melena, a aflojar nuestros vaqueros y a sacar el dobladillo de nuestras faldas hasta cubrir nuestras rodillas. El aire debía de correr entre nuestras carnes cuarentonas y los discretos tejidos en tonos otoñales que los cubrían. Eso era así. Ley de vida. Mientras ellos ganaban sex appeal con las canas y las arrugas de expresión, nosotras, como mucho, podíamos aspirar a la categoría de “no está mal.. para su edad…”. A ellos, maduritos interesantes, el cine los emparejaba con veinteañeras apretadas; mientras nosotras, simplemente, nos esfumábamos. Y sin que nadie nos echara de menos. Lo cual escuece bastante. Y es que… ¿quién se acuerda de Debra Winger? Pero podía ser peor. Podíamos no desaparecer, sino aparecernos operadas, siliconadas, enbotoxcidas, colagenadas… Lo que se dice, hechas una pena.

Pero, de pronto, la cosa cambio. Nos pusimos de moda. Fuímos declaradas las nuevas veinteañeras. A codearnos con jovencitas macizas en esas absurdas listas de las más deseadas. A dejarnos el pelo largo. A lucir tríceps, a correr y ‘sacar pecho’. A enrollarnos con yogurines y a vestirnos como teen-agers.

A mí, como decía Rhett Butler a la plasta de Escarlata, todo esto sinceramente, me importa un bledo. Al igual que tú siempre he pasado de esa tabla de equivalencia entre edad y comportamiento establecido. Ambas llevábamos botas militares cuando las otras ‘niñas’ no se apeaban de los tacones de aguja. Nunca nos maquillamos. Y de peinarnos, lo justo. “Nos gustaba la misma música, las mismas bandas, la misma ropa. Nos contábamos las cosas más salvajes que habíamos visto…” Y así seguimos… a los cuarenta y… Con la misma melena, los mismos vaqueros y las mismas botas -doy fe que las tuyas son del 94-. Con la misma cara lavada, pero con alguna que otra arruguilla ya. Y con más, muchas más cicatrices. Con el mismo sueño imposible de que ese Bruce nuestro del que nos prendamos en la adolescencia nos saque a bailar y, si cae el beso, pues mejor. Con más estrías, más carnes fuera de lugar y menos músculo, a pesar de que el deporte nos mantiene firmes, pero con la cabeza que hubiera derrotado esas estúpidas inseguridades que nos frenaron a los 20. Tú te has dulcificado; has aprendido a jugar al tenis. Yo me he caído del guindo y sigo sin lograr pasar cuatro bolas seguidas. Tú tienes a tu Olivia. Yo, a mi tropa. Y, si, nos siguen gustando los tíos sin corbata, con la camiseta por fuera de los pantalones y en zapatillas de deporte. Y el chocolate. Y nos sigue dando arcadas la leche.

Por eso y… por lo que tú ya sabes…

Feliz en tu día, Mariposilla…

La Isla bonita

Soy géminis. Pero una géminis de las chungas. El colmo de las géminis. Voluble, fantasiosa, soñadora, melancólica. Desquiciante. De risa sincera y de lágrima fácil. E inconstante de pura inseguridad. De ahí mi silencio bloguero de los últimos días. De ahí y de que no me da la vida porque, como digo siempre, los superhombres y las supermujeres sólo existen en el planeta Marvel, del que, por cierto, soy muy fan. 

Pero, cosas de las géminis, hoy me han brotado las ganas de escribir. La musa anda floja, asténica perdida, pero la siento. Está ahí, latente. La busco, la reto, la pico… Pero ella no entra al trapo. Así que hoy salgo sola. Todo lo sola que puede ir una géminis… con doble personalidad y tres vástagos.

Una géminis en pleno estado de cabreo por lo que lee, ve y oye. Una géminis a la que le gustaría llevar a sus seres queridos a una lejana isla del Pacífico Sur, a salvo de ‘tsunamis’ a ser posible, para fundar una nueva sociedad. A salvo de infantas, tesoreros, especuladores, ‘corbatas’, eres, recortes y entrenadores estrella… A salvo de ‘getas’, de trepas y de caretas… Una isla sin deberes, sin reformas educativas… Una isla de cuentos, pero sin bodas ni perdices. Una isla de runners, sin ‘operaciones bikinis’, ni dietas disociadas. Ni gritos. De gente enrollada, pero que no se enrolle. Cortito y al pie, como dice Di Stefano.

En mi isla tocaría Bruce. Y me sacaría a bailar; él, cojo perdido, y yo, arrítimica de nacimiento. Y se iría de cañas con mis friki amigos de la cola para terminar la noche cantando ‘Fire´ bajo las estrellas. Y el termómetro no subiría de los 30 grados, ni bajaría de los 10. Los tacones estarían prohibidos. Y las marcas. Y el ‘postureo’. Y los besos de mentira. Y las camisas. Y el dolor. Y las preguntas que no esperan contestación. Y el bótox. Y el rimmel. Y las operaciones de nariz por recomendación médica para corregir una desviación del tabique nasal que te dejan la cara como un caniche.

Mis hijos y sus amigos, en mi isla, irían a liceos sin huelgas, donde les enseñaran a aprender, a investigar, a opinar. A correr, a saltar, a trepar… Y las letras de las canciones de Sabina y Serrat. Y de Queen. Donde les enseñaran a no tener miedo a hablar en público y a hacerlo con fundamento. A escuchar. Les enseñaran a respetar, no a temer. A luchar por lo que creen. Les enseñaran a que no es más feliz el que más tiene, sino el más querido. Donde aprendieran a no joder la vida al projimo. A no desear “que se jodan”.

Una isla en la que mi niña tuviera las mismas posibilidades de salir adelante que mis hijos varones; y que los tres, partieran desde el mismo punto que los vástagos del vecino. En la que pudieran campar a sus anchas, seguros y confiados, sin que me dieran ganas de tenerlos localizados 24 horas por gps a través de un minichip insertado bajo su piel. En la que el ídolo no fuera un macarra engreído cuyo único mérito en la vida fuera golpear una pelota. Da igual con qué miembro o de qué tamaño… la pelota. Uf… Me he vuelto a pasar. Para, géminis onírica, para ya. Que me vas a dejar sin lectores… Si es que me queda alguno…

Felices sueños… yo sigo con el mío… lo tengo delante de mis propias narices y me reclama 😉

pd_ disculpen las erratas. iván no me suelta el pelo…

Chamuscadoras de calorías

Lo sabía. Sabía que alzar la voz contra la ‘operación bikini’ era clamar en el desierto. Llega mayo y nos entran las prisas por perder lo que durante el invierno no nos molestaba baja tanta capa de tela. Y aunque no cejaré en mi empeño de convertir la dieta equilibrada (con sus hidratos y azúcares, incluidos) y el deporte en una forma de vida, no puedo por menos que ablandarme ante las preguntas de las madres que me rodean sobre cómo ponerse en forma en un tiempo record… y sin demasiado esfuerzo. “Te leo y me contagias tu entusiasmo. Me dan ganas de calzarme las zapatillas y salir a correr. Pero… es que no encuentro el momento”, me dicen. Nadie dijo que fuera fácil. Encontrar un hueco para hacer deporte con una familia y un trabajo no es sencillo, pero se puede. Tampoco resulta fácil arrancar el trasero del sofá tras una jornada agotadora, pero se puede. Y, una vez que se consigue, la recompensa es inmensa. Se trata, al fin y al cabo, de encontrar la motivación, esa fuerza que nos hace vencer a la pereza y dar rienda suelta a nuestras endorfinas. Y hacerlo en busca de esa gozosa sensación de subidón que produce el deporte en nuestro organismo; básicamente, por el inmenso placer de sentirse bien. Lo importante es empezar por adiestrar nuestros cerebros; que luego, ya nos acompañará el cuerpo.

Por eso, cuando mis parque-amigas me piden consejo sobre cómo enfrentarse a sus ‘operaciones bikinis’ nos las hablo del método de celebrity de turno, sino de historias reales, experimentadas por mujeres reales, como yo misma. Nociones básicas como empezar poco a poco y con el ejercicio que más les guste. Andar, correr, bailar con los niños… Lo importante es mover el esqueleto porque, en esta ocasión, el hábito sí hace al monje. Cuánto más movimiento, mejor. Pero con cabeza y sin fijarnos en esas absurdas tablas de equivalencias entre tiempos y calorías quemadas. Ni machacarnos con odiosas rutinas en el gimnasio. Porque el objetivo no es torturarnos para derrotar a un michelín que resurgirá con más fuerza que nunca en el chiringuito playero de turno y volverá a cobijarse bajo el jersey de lana durante el invierno siguiente, sino cogerle el gusto a hacer deporte.

Así que, en lugar de tirar el dinero lanzándonos a la compra de productos milagro… ¿por qué no probamos a…
…subir andando las escaleras del Metro, del trabajo o de casa?
…andar media hora diaria a buen paso?
…empezar a correr 10 minutos tres días a la semana subiendo de tiempo progresivamente hasta fijarnos el reto de una carrera popular?
…a levantarnos un poco antes por las mañanas para hacer unas flexiones mientras los niños duermen? (si yo puedo, vosotras también)
…hacer unos largos en la piscina mientras nuestros hijos van a clase de natación?
…quitar el ‘cantajuegos’ y enseñar a nuestros hijos cómo se baila con música cañerita?
…a dejar de ser unos mirones del deporte para protagonizar nuestras propias hazañas?
…a hacernos con un set de gomas, mancuernas y una pelota de Pilates para montaros el gimnasio en casa?

No tendremos el tipazo de la Mcpherson pero, a mí me pongo por testigo, que estaréis de mucho mejor humor para aguantar la paliza diaria. Así que… a mover esos cuerpos!