Mi mamá ama a Bruce…

Lo sé. Soy madre de familia numerosa. La sociedad espera de mí ciertos comportamientos, ciertos valores. Intento ser comedida; arriesgar lo justo. Mi yo hormiga se ha impuesto a la cigarra. Ya no hay resquicio para la pereza, el desenfreno o la improvisación cuando tres polluelos buscan cobijo bajo tus alas. Unas alas que, sin poder controlarlo, se despliegan y suplican alzar el vuelo al presagiar su cercanía. Esas mismas alas que me elevaron sobre el Calderón aquella lejana noche agosteña del 88 en la que le ví por primera vez en directo.

Desde aquel momento, lo mío con Bruce (para mí no es Springsteen, sino Bruce) es una historia de amor incondicional. Un amor del que me siento correspondida por su entrega sobre el escenario y que me empuja a guardar días de cola para verle de cerca. Para tocarle. Para robarle una mirada. Para ver que ese sudor, que tanto desagrada a los indies que le critican por sobreactuado, es tan real como la historia de esfuerzo y superación personal que encarna. Para rogar que, dos décadas después de aquella noche en el Calderón, me saque, por fin, a bailar en la oscuridad.

Lo sé. Bruce desata mi lado más friki, la versión enloquecida de una madre abnegada para la que el día termina apenas se ha escondido el sol. Pero no lo puedo evitar. Apenas faltan unas horas para volver a disfrutarle en directo y ya me siento cual quinceañera ante su primera cita: con centenares de mariposas revoloteándome en el estómago. Una vez más, no me sacará al escenario. Y, una vez más, nos salpicará en la frente con su sudor de currante del rock. Y las venas de su cuello volverán a parecer a punto de estallar en cada uno de esos alardes de voz que tanto incomodan a los melifluos profetas del postureo cultureta. Se dejará el alma. Cantará, bailará, saltará… Arrojará su guitarra por los aires. Y yo, como en el 88,  saldré levitando del estadio, con el corazón acelerado y rogando para que llegue su próxima gira… en la que, a lo mejor, bailaremos en la oscuridad. Imagen

 

Esas pequeñas cosas…

Cada noche, cuando tras un par de cuentos y sendas narraciones de los sucedidos del día en el cole por fin se duermen, me quedo extasiada mirando sus redondos rostros infantiles. Escucho sus respiraciones pausadas. Observo la posición de sus manos. Sus bocas entreabiertas. Reparo en lo que han crecido, en que ya no les sobra tanta cama. Y me recreo pensando lo que más amo de ellos. Esas pequeñas cosas, esos gestos que guardaría en una caja blindada contra el paso de los años para poder revivirlos hasta el fin de mis días.

El olor de mi niño. Su sonrisa de pillo. Sus centellantes ojos marrones llenos de una melancolía que me desarma. Los tres lunares equidistantes y mágicos que enmarcan su rostro. Su indómito pelo dorado. Y esas lágrimas saladas, como el Mediterráneo al que canta, que brotan de sus ojos cuando se siente herido. Los apitantos, súperheures… El gemamento…(hipopótamos, superhéroes y pegamento). Su voz…

El dulce aroma a vainilla de mi niña preciosa. Esa profundidad de una mirada color avellana que parece no tener fin. Sus labios rosas, perfectamente dibujados. La agilidad de sus movimientos. Sus saltos. La desconcertante inteligencia con la que defiende sus posiciones. Su manía a las camisas, las horquillas, los leotardos…  La delicadeza con la que apura las últimas cucharadas de su helado favorito. Cuando me llama “mami ” y busca cobijo en mi regazo. Su risa. Sus carcajadas. Y sus canciones de Abba…

Y los sonrosados mofletes de mi bebé gigante sin cuello. Su sonrisa de seductor. Sus dedos regordetes perdiéndose delicadamente por mi melena. Sus pellizcos de monja con banda sonora y mueca de nerviosismo. Su tripa. Ese “mamiti” que me persigue allá donde vaya para morderme, besarme… Y cantarme ‘Penélope’ en falsete. Verle comer sopa con la mano. Y aguetés (macarrones). Y despegarle de la trona barnizado en tomate, chocolate y migas de pan. Esos hoyuelos, por dios, esos hoyuelos…

Seguiría pero prefiero no hacerlo. A ver cómo les explico que me he puesto a llorar enumerando lo que más amo de ellos. Y vosotros, ¿con qué os quedáis?

Apoltronados en la nada

Hoy me encontré a una amiga a la que hacía algún tiempo que no veía. Me saludó con la misma sonrisa limpia de siempre. Se interesó por los míos con idéntico cariño que en cualquier ocasión pasada. Pero hoy algo en ella era diferente. Sus preciosos ojos verdes destilaban tristeza. No hizo falta que preguntara. Me contó que había perdido 18 kilos. 18 kilos que no le sobraban. Nada que ver con un régimen milagroso o una operación bikini extrema.

Estaba desesperada. Recién salida de terapia. Todo porque el mayor de sus hijos, a sus 18 años, había decidido que no quería hacer nada en la vida. Ni estudiar, ni trabajar. Nada. Y por mucho que su marido y ella habían intentado convencerle de que encauzara su vida, todo sus intentos habían resultado baldíos. Apoltronado en su nada, el chaval no piensa dar su brazo a torcer. “Que trabajen ellos -supongo que dirá-, total, lo llevan haciendo desde que eran adolescentes”. “A ellos -pensará- no les cuesta madrugar. Y están acostumbrados a volver a casa machacados de currar”.

No es que sea mal chico. No bebe, no fuma. No toma drogas. Su problema es que está cansado. Vivir le cansa. Ser le resulta agotador. No le quedan energías para estudiar. Mucho menos para pensar en trabajar. Así que mientras su madre se consume, él pasa los días en modo ‘ahorro energía’. Él como tantos otros. Como tantos otros a los que sus padres intentaron dar lo mejor de sí durante su infancia. Igual que muchos a los que colmaron de atenciones y de caprichos. A los que protegieron de un mundo al que, al llegar a la adolescencia, son incapaces de enfrentarse.

“Disfruta mucho de tus hijos. Cuando son pequeños dan guerra pero los problemas crecen con ellos. Dejan de ser unos cabroncetes para convetirse en unos cabrones”, me dijo al bajarse del vagón del Metro cuando llegó a su estación, dejándome el corazón helado. Ahora, mientras intento escribir, mis niños gritan y se pelean. Los juguetes vuelan por los aires. El sofá chorrea yogur de fresa. Bendito jaleo. Bendito ruido. Y bendita infancia. Rejoj, por lo que más quieras, no marques las horas.

Por mi culpa, por mi culpa…

Por mi gran culpa. Por ella me veo así. Fustigada. Da igual lo que haga o dónde esté. Siempre siento que falto en algún lado. Por las mañanas, huyo de casa sigilosamente tras preparar los desayunos antes de que ellos se despierten. Escuchar tras la puerta sus llantos y el “no te vayas, mamá” me desarma. Lo sé. Son sus estratagemas. Sus lágrimas cesarán en cuanto salga del portal pero no lo puedo evitar. Será el síndrome de Marco. O lo que sea, pero camino hacia el Metro amarrada por una cuerda invisible que tira de mí en sentido opuesto a mi destino, en dirección al nido.

En el trabajo, intento desconectar pero no puedo. ¿Estarán bien? ¿Habrán comido? ¿Le habrá vuelto a zurrar el matón de clase? Araño minutos al reloj para salir corriendo y ser la primera madre en la verja porque, ya que no puedo llevarles al colegio, me recreo en el lance de recogerlos. Y, mientras espero, miro con nerviosismo el móvil. ¿Tendré mañana esa grabación? ¿Habrá salido el proyecto? ¿Les gustará el sándwich de pavo? Suele ser en ese momento cuando mi estómago me avisa de que con el bocadillo de la máquina no tiene suficiente; de que, o le doy algo más consistente, o avisará a mi cerebro para que desate una de esas pájaras que me dan tan a menudo. Demasiado tarde. Ellos quieren quedarse a jugar en el parque. Una de dos, o mi estómago se conforma con las sobras de la merienda o… se conforma con la sobras de la merienda. Y, mientras los miro correr y saltar, escucho las palabras de mi madre retronar en mi cerebro: “¡No te cuidas nada!”. Por mi culpa, por mi gran culpa…

Dos horas más tarde, cuando consigo arrancar a mi hija de la barra a la que se aferra cuál ventosa humana, llego a casa hecha unos zorros. Hambrienta, cansada… No hay tregua. Es la hora del baño. Juegan, ríen y yo los observo extasiada, feliz ante la visión de mi ocurrente prole. Pero mi prole no se cansa. Mi agotamiento es inversamente proporcional al suyo. Ellos se vienen arriba. Lo que empieza con un involuntario derramamiento de gel de baño acaba en la fiesta de la espuma. Y mis “os quiero, mi niños amados, la alegría de mi vida” se transforma en un “¡me vais a volver loca¡” Mis gritos les asustan. Su expresión de terror me devuelve a mi ser. Y recuerdo que los niños están diseñados para liarla parda. Que ellos no tienen la culpa de que esté agotada por pasarme el día corriendo; ellos no han inventado este sistema absurdo en el que conciliar la vida laboral y familiar se convierte en una hazaña diaria. De que son lo mejor y más precioso que tengo. Y me siento fatal por haberme transformado, durante medio minuto, en una tarada gritona. Por mi culpa, por mi gran culpa…

La cena no les gusta. Uno pide pizza; una, pollo y el otro, macarrones. Están tan cansados que quieren que les ayude a comer… a los tres… y a la vez. Y Bob Esponja me saca de quicio. A la quinta vez que llama imbécil a Patricio siento unas ganas incontrolables de arrojar el mando contra la televisión. De postre, helado. No hay duda. Miro el menú del colegio. Recomiendan fruta, pero ya no tengo más fuerzas para luchar. Será helado. Tiene azúcar. Y nata. Pero yo también lo tomaba de pequeña y aquí estoy. Claro que, antes, mis padres no tenían a decenas de pepitos grillos susurrando en sus oídos los terribles efectos de los dulces en los niños. Paso de todo. Están sanos cual manzanas. Fuertes y fibrosos. Y me muero del gusto al verles relamerse, bañados en chocolate con cookies. Por mi culpa, por mi gran culpa…

Llega el fin de semana. La hora de la siesta. Les duermo. Preparo la merienda para cuando se despierten. Es mi momento. La niña del “lunes antes de almorzar…” por fin puede jugar. Me voy a hacer deporte. A limpiarme el cerebro y dar rienda suelta a las benditas endorfinas. Salgo de casa descalza. Con los dedos cruzados… Y, nada más cerrar la puerta, otra vez los jodidos remordimientos. Debería de quedarme para recibirles cuando se despierten. ¿Qué clase de madre huye del hogar para ponerse a correr por el parque? ¿Qué tipo de madre abandona a sus polluelos para irse a hacer largos a la piscina? Por mi culpa, por mi gran culpa…

Tras la ducha, pletórica tras mi dosis del día, salgo de baño luciendo sonrisa de estrella. “¿Has hecho deporte, mamá?”, me preguntan. Sí. La gruñona se quedó en al agua; se desintegró en el cloro… junto a mis mechas… Y, como una Venus renovada, emergió una mamá limpia enérgica y optimista. Y con el contador de remordimientos a cero. “Entonces, ¿jugamos o qué?”