Apoltronados en la nada

Hoy me encontré a una amiga a la que hacía algún tiempo que no veía. Me saludó con la misma sonrisa limpia de siempre. Se interesó por los míos con idéntico cariño que en cualquier ocasión pasada. Pero hoy algo en ella era diferente. Sus preciosos ojos verdes destilaban tristeza. No hizo falta que preguntara. Me contó que había perdido 18 kilos. 18 kilos que no le sobraban. Nada que ver con un régimen milagroso o una operación bikini extrema.

Estaba desesperada. Recién salida de terapia. Todo porque el mayor de sus hijos, a sus 18 años, había decidido que no quería hacer nada en la vida. Ni estudiar, ni trabajar. Nada. Y por mucho que su marido y ella habían intentado convencerle de que encauzara su vida, todo sus intentos habían resultado baldíos. Apoltronado en su nada, el chaval no piensa dar su brazo a torcer. “Que trabajen ellos -supongo que dirá-, total, lo llevan haciendo desde que eran adolescentes”. “A ellos -pensará- no les cuesta madrugar. Y están acostumbrados a volver a casa machacados de currar”.

No es que sea mal chico. No bebe, no fuma. No toma drogas. Su problema es que está cansado. Vivir le cansa. Ser le resulta agotador. No le quedan energías para estudiar. Mucho menos para pensar en trabajar. Así que mientras su madre se consume, él pasa los días en modo ‘ahorro energía’. Él como tantos otros. Como tantos otros a los que sus padres intentaron dar lo mejor de sí durante su infancia. Igual que muchos a los que colmaron de atenciones y de caprichos. A los que protegieron de un mundo al que, al llegar a la adolescencia, son incapaces de enfrentarse.

“Disfruta mucho de tus hijos. Cuando son pequeños dan guerra pero los problemas crecen con ellos. Dejan de ser unos cabroncetes para convetirse en unos cabrones”, me dijo al bajarse del vagón del Metro cuando llegó a su estación, dejándome el corazón helado. Ahora, mientras intento escribir, mis niños gritan y se pelean. Los juguetes vuelan por los aires. El sofá chorrea yogur de fresa. Bendito jaleo. Bendito ruido. Y bendita infancia. Rejoj, por lo que más quieras, no marques las horas.

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2 comentarios en “Apoltronados en la nada

  1. Hola Gemita!!! Me encantan todos tus artículo y este lo encuentro uno de los mejores. Que duro eso que me dices de tu amiga… La verdad que debe ser desesperante esa situación, tener un “Ni-Ni” en casa debe ser lo peor. Uf… La verdad que no se como actuar, soy de la vieja escuela de hacer las cosas a lo bruto y cortar a las buenas o a las malas. Muchos ánimos para tu amiga y muchas gracias a ti por escribir tan bien.
    Un fuerte abrazo amiga.

  2. madre mia, que miedo!!,
    es verdad, cuanto mayores son, mayores son los problemas.
    eso, eso…que se pare el tiempo un poco, por favor, que no da tiempo ni de vivirlo

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