La espeluznante invasión de los niños androides

Damas, caballeros… Los niños… ¡Lloran!! Y patalean, y gritan. Los niños se tiran por el suelo.  Tienen rabietas. Se van por el camino opuesto al que le señalan sus padres. Se chupan el dedo y restriegan su excrementos por la moqueta. No quieren comer. Los niños se despiertan por la noche. Y despiertan a sus padres. Se hacen pis en la cama. Tienen miedo. Quieren agua. No saben bañarse solos. Ni tampoco prepararse la comida. Ni volver a casa desde la guardería. Y tienen celos. Señoras, señores, madres y padres del mundo… Los niños no abren los ojos cada mañana con una dulce sonrisa para recordarte que eres el más guapo, la más buena. No te preparan sopa caliente si estás resfriado. Ni te dan ibuprofeno si tienes resaca.

Los niños son niños. Igual que lo fuimos nosotros. Porque, aunque a alguien en su exquisita madurez se le pueda llegar a olvidar, nosotros también lloramos, despertamos a nuestros padres cinco veces cada noche y nos rebozamos por el suelo en un vano intento de que nos compraran aquel juguete del escaparate. Nosotros, queridos cofrades, tampoco quisimos comer verdura. Las espinacas también nos daban asco. Y también nos atiborrábamos a escondidas con las chuches que nos compraban nuestros abuelos. Nosotros también tuvimos terrores nocturnos. Y corrimos temblando en busca de cobijo bajo las sábanas de la cama conyugal.  Nosotros, ojo al dato, también nos peleamos con nuestros hermanos. Y fuimos caprichosos. Y hasta me atrevo a asegurar que rara vez dimos las gracias a nuestras madres por la deliciosa comida que nos había preparado o a nuestro padre por endulzarnos las mañanas del sábado con las canciones de Serrat.

Pero, a diferencia de nuestros niños, a nosotros no se nos exigió andar a los 14 meses; decir “mamá y papá” en un castellano perfecto a los 20 y tener el revés de Nadal a los 10 años. A nosotros, nuestros padres, no nos estigmatizaron por llevar pañal a los dos años. Ni por no comer sólidos antes de los cuatro. O me falla la memoria, o nuestros padres no nos castigaron sin televisión por llorar en público. O por montar el numerito cuando estábamos cansados. O por no saber vestirnos solos y con la ropa adecuada en un tiempo récord antes de que se nos hubiera caído el primer diente de leche. Porque, o yo soy una madre muy blanda y permisiva –que no digo que no- o me da la impresión de que se nos está yendo de las manos esto de educar a nuestros hijos como seres perfectos, independientes, políglotas, melómanos, campeones y, a ser posible, fieles reflejos de nuestros, presuntamente, perfectos yo… adultos. Nadie discute la imposición de normas. La transmisión de principios. Pero… ¿alguien puede explicarme de dónde vienen tantas obligaciones a tan corta edad? ¿por qué les exigimos a ellos cosas en las que nosotros mismos fallamos?

Lástima que alguno de esos niños a los que presionamos para ser adultos antes de tiempo no nos diga un par de cosas bien dichas. No nos pregunte por qué estamos todo el puñetero día mirando el móvil como si nuestra vida dependiera de lo que allí escribimos o leemos. Por qué estamos más pendientes del whatsapp que de sus pinitos como escaladores en los columpios del parque. Por qué saltamos de alegría con los triunfos de una panda de tíos en pantalón corto y no hacemos lo propio con sus logros diarios. Por qué no jugamos con ellos en lugar de trastear con el Ipad. Por qué nosotros manchamos la taza del wc. Por qué no comemos más fruta. Por qué no leemos más libros. Por qué no hacemos más deporte. Por qué discutimos a gritos entre nosotros. Por qué insultamos al volante. Por qué mentimos. Por qué jodemos la vida al prójimo. Por qué fallamos a la gente que queremos… Por qué, me pregunto yo también, no conservamos esa sabiduría, esa bendita ternura con la que venimos al mundo para convertirnos, a fuerza de normas e imposiciones absurdas, en ciudadanos de… ¿bien?

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La Isla bonita

Soy géminis. Pero una géminis de las chungas. El colmo de las géminis. Voluble, fantasiosa, soñadora, melancólica. Desquiciante. De risa sincera y de lágrima fácil. E inconstante de pura inseguridad. De ahí mi silencio bloguero de los últimos días. De ahí y de que no me da la vida porque, como digo siempre, los superhombres y las supermujeres sólo existen en el planeta Marvel, del que, por cierto, soy muy fan. 

Pero, cosas de las géminis, hoy me han brotado las ganas de escribir. La musa anda floja, asténica perdida, pero la siento. Está ahí, latente. La busco, la reto, la pico… Pero ella no entra al trapo. Así que hoy salgo sola. Todo lo sola que puede ir una géminis… con doble personalidad y tres vástagos.

Una géminis en pleno estado de cabreo por lo que lee, ve y oye. Una géminis a la que le gustaría llevar a sus seres queridos a una lejana isla del Pacífico Sur, a salvo de ‘tsunamis’ a ser posible, para fundar una nueva sociedad. A salvo de infantas, tesoreros, especuladores, ‘corbatas’, eres, recortes y entrenadores estrella… A salvo de ‘getas’, de trepas y de caretas… Una isla sin deberes, sin reformas educativas… Una isla de cuentos, pero sin bodas ni perdices. Una isla de runners, sin ‘operaciones bikinis’, ni dietas disociadas. Ni gritos. De gente enrollada, pero que no se enrolle. Cortito y al pie, como dice Di Stefano.

En mi isla tocaría Bruce. Y me sacaría a bailar; él, cojo perdido, y yo, arrítimica de nacimiento. Y se iría de cañas con mis friki amigos de la cola para terminar la noche cantando ‘Fire´ bajo las estrellas. Y el termómetro no subiría de los 30 grados, ni bajaría de los 10. Los tacones estarían prohibidos. Y las marcas. Y el ‘postureo’. Y los besos de mentira. Y las camisas. Y el dolor. Y las preguntas que no esperan contestación. Y el bótox. Y el rimmel. Y las operaciones de nariz por recomendación médica para corregir una desviación del tabique nasal que te dejan la cara como un caniche.

Mis hijos y sus amigos, en mi isla, irían a liceos sin huelgas, donde les enseñaran a aprender, a investigar, a opinar. A correr, a saltar, a trepar… Y las letras de las canciones de Sabina y Serrat. Y de Queen. Donde les enseñaran a no tener miedo a hablar en público y a hacerlo con fundamento. A escuchar. Les enseñaran a respetar, no a temer. A luchar por lo que creen. Les enseñaran a que no es más feliz el que más tiene, sino el más querido. Donde aprendieran a no joder la vida al projimo. A no desear “que se jodan”.

Una isla en la que mi niña tuviera las mismas posibilidades de salir adelante que mis hijos varones; y que los tres, partieran desde el mismo punto que los vástagos del vecino. En la que pudieran campar a sus anchas, seguros y confiados, sin que me dieran ganas de tenerlos localizados 24 horas por gps a través de un minichip insertado bajo su piel. En la que el ídolo no fuera un macarra engreído cuyo único mérito en la vida fuera golpear una pelota. Da igual con qué miembro o de qué tamaño… la pelota. Uf… Me he vuelto a pasar. Para, géminis onírica, para ya. Que me vas a dejar sin lectores… Si es que me queda alguno…

Felices sueños… yo sigo con el mío… lo tengo delante de mis propias narices y me reclama 😉

pd_ disculpen las erratas. iván no me suelta el pelo…

Padres tóxicos

Nos apesta el aura. Vivimos en tensión. Estamos cabreados, acomodados en un permanente estado de ‘y tú, más’. Llegamos a casa agotados de trabajar, mal comidos y peor respirados tras sobrevivir a la  sinfonía encadenada de eres en insalubres edificios inteligentes de ventanas que no se abren y suelos de moqueta que no se friegan. Desprendemos toxicidad. Somos padres radioactivos que regresamos al hogar rezumando energía negativa en busca de unos hijos a los que cargamos con la responsabilidad de devolvernos la fe en el género humano. Buscamos refugiarnos en sus besos, en sus palabras infantiles sin darnos cuenta de que los niños, niños son. Y que, a diferencia de los que nos abroncan a sabiendas de que nos están amargando el día, ellos nos la lían parda porque hacerlo es una función que les viene de serie. Así que, mientras fantaseamos con atravesar el umbral de nuestros hogares para encontramos con querubines que se enganchen a nuestros agarrotados cuellos para decirnos lo mucho que nos han echado de menos, la realidad nos depara un cuadro bien diferente. Rabietas, trastadas, inapetencias, celos… Esos momentos críticos ante los que los expertos nos recetan a nosotros, padres del mundo, una colección de recomendaciones de perogrullo. No se grita. No se cede al chantaje. No se pierden los nervios… ¡Nunca se llora de la desesperación ante los niños! Obviedades empaquetadas en decálogos y vendidas como si de la fórmula de la Coca Cola se tratara para padres en apuros.

Yo, que no soy experta pero sí madre, me pregunto por qué, además de toda esa colección de simplezas, no se propone atacar el problema de raíz. O, lo que es lo mismo, por qué no nos lo hacemos mirar. Por qué no chequeamos nuestra salud mental para ser capaces de transmitir a nuestros hijos los valores correctos y unos comportamientos cuerdos. Lo sé. Soy una soñadora. Pero soñar es gratis y me divierte. Por eso, me pregunto por qué no podemos respirar antes de abrir la puerta de casa y desintoxicarnos de la mierda que arrastramos. Por qué, en lugar de pasarnos dos horas y media sentados para atiborrarnos del grasiento menú del día de turno, no vamos a sudar nuestras penas al gimnasio o a inyectarnos endorfinas en vena con una carrera por el parque. Por qué no intentamos relajarnos y, en lugar de pasarnos el día a codazos como si fuéramos jugadores de baloncesto en la zona, no nos esforzamos en hacer la vida un pelín más agradable al prójimo. No ganaremos más dinero. Ni nos salvaremos de los eres. Pero seremos más felices. Y llegaremos a casa con la suficiente fortaleza mental para aplicar esas reglas de oro que nos proponen ‘los que saben’. He dicho.

Castillos de ilusiones

No puedo dormir. Llevo días dando vueltas a una frase que solía decirme uno de mis mejores amigos. Sostenía que sus padres le habían ‘engañado’. Que le habían contado que los buenos siempre ganan. Que le habían educado para ser una buena persona cuando, en esta vida, los que triunfan son los cabrones. Y, si encima, son cabrones bien parecidos, miel sobre hojuelas. Ahora, que me contemplo a mí misma ante la enorme responsabilidad de educar a mis hijos, con este incesante bombardeo de Bárcenas, Urdangarines y listillos de los eres, me pregunto hasta qué punto tenía razón. Les construímos un castillo de ilusiones, de reyes magos, de ratoncitos pérez, de princesas de Disney y de seres inmortales que, como mucho, cambian su hogar terrenal por un ático en el cielo desde el que nos cuidan hasta el fin de los días. Un castillo que, pieza a pieza, la vida real les desmonta con el paso de los años. Primero descubren que los reyes son los padres, luego que al ‘cole’ no sólo se va a dibujar y, casi sin darse cuenta, alguien les destroza el corazón y les ofrece un contrato ‘basura’. A partir de ahí, la ruleta rusa de la vida les puede deparar cualquier cosa.
Por eso, cuando pienso en qué quiero que sean mis hijos sólo se me ocurre una cosa: felices. No quiero ingenieras, ni pilotos, ni ‘nadales’. Quiero personas felices. Pero sé que esa felicidad ha de pasar por una fortaleza que temo no saber transmitirles. Y no hablo de una fortaleza al estilo espartano, sino de la fuerza necesaria para encarar las bofetadas de la vida con la suficiente inteligencia emocional como para no derrumbarse. Así que mientras me planteo como hacerles más resistentes de lo que yo misma he sido, intento transmitirles los valores que inculcaron en mí mis padres. Que la mentira tiene las patas muy cortas. Que con una sonrisa se consigue más que con una orden. Que las zancadillas hacen perder el equilibrio al que las pone. Que lo diferente no es ni mejor, ni peor. Que el esfuerzo tiene su recompensa. Que gracias es la palabra mágica que todo lo puede. Y que más vale no hablar para escupir por tu boca algo más feo que tu silencio. Unas sencillas lecciones que, probablemente, jamás me harán llegar a la cúpula directiva de ninguna empresa, ni tampoco a hacerme millonaria pero sí muy FELIZ. Por eso, amigo del alma, tú y yo sabemos que tus padres no te mintieron. Que, aunque no hayas sido el más ligón ni seas el más rico, el haberte educado para ser una buena persona fue un regalo del que ahora disfrutamos todos los que te queremos.