Al rico lexatín

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Mañana vuelvo a trabajar tras dos semanas de vacaciones. Dos semanas en las que me he dado cuenta del absurdo y frenético ritmo de vida en el que vivo. En el que vivimos. En el que sobrevivimos en este nuestro país de nunca jamás… la conciliación. Nos dejamos la piel por cuadrar las agendas. Por dejar a los niños en el colegio y encontrar la forma de recogerles. Por llegar a tiempo con la sandwichera de la merienda repleta de saludables manjares que mutan en emparedados de Rodilla cada vez que el cronómetro nos la juega.

Estas dos semanas me han servido para confirmar que no estamos locas. Ni locos. Que sin la soga de nuestras obligaciones diarias asfixiándonos lentamente somos otras personas. Personas que ríen, que juegan, que no gritan. ¡Que comen! Que no se aferran al lexatín -o la cerveza- para encarar el match point diario del parque, el baño, la cena y el cuento tras haber superado el enésimo día de recortes en el curro.

Asi que mientras saboreo mis últimas horas de paz antes de volver a empezar a perder kilos con mi rutina diaria me propongo jugar la prórroga de este placentero estado… cueste lo que cueste. ¿Cómo? Ni idea. Pero acepto sugerencias. La primera, la de mi amiga Maribel González: meditar. Dedicarme 10 minutos al día para desconectar. Parar frenar. No sé si lo lograré, pero lo intentaré. Eso y comer, descansar… Y…

Continuará…

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Padres tóxicos

Nos apesta el aura. Vivimos en tensión. Estamos cabreados, acomodados en un permanente estado de ‘y tú, más’. Llegamos a casa agotados de trabajar, mal comidos y peor respirados tras sobrevivir a la  sinfonía encadenada de eres en insalubres edificios inteligentes de ventanas que no se abren y suelos de moqueta que no se friegan. Desprendemos toxicidad. Somos padres radioactivos que regresamos al hogar rezumando energía negativa en busca de unos hijos a los que cargamos con la responsabilidad de devolvernos la fe en el género humano. Buscamos refugiarnos en sus besos, en sus palabras infantiles sin darnos cuenta de que los niños, niños son. Y que, a diferencia de los que nos abroncan a sabiendas de que nos están amargando el día, ellos nos la lían parda porque hacerlo es una función que les viene de serie. Así que, mientras fantaseamos con atravesar el umbral de nuestros hogares para encontramos con querubines que se enganchen a nuestros agarrotados cuellos para decirnos lo mucho que nos han echado de menos, la realidad nos depara un cuadro bien diferente. Rabietas, trastadas, inapetencias, celos… Esos momentos críticos ante los que los expertos nos recetan a nosotros, padres del mundo, una colección de recomendaciones de perogrullo. No se grita. No se cede al chantaje. No se pierden los nervios… ¡Nunca se llora de la desesperación ante los niños! Obviedades empaquetadas en decálogos y vendidas como si de la fórmula de la Coca Cola se tratara para padres en apuros.

Yo, que no soy experta pero sí madre, me pregunto por qué, además de toda esa colección de simplezas, no se propone atacar el problema de raíz. O, lo que es lo mismo, por qué no nos lo hacemos mirar. Por qué no chequeamos nuestra salud mental para ser capaces de transmitir a nuestros hijos los valores correctos y unos comportamientos cuerdos. Lo sé. Soy una soñadora. Pero soñar es gratis y me divierte. Por eso, me pregunto por qué no podemos respirar antes de abrir la puerta de casa y desintoxicarnos de la mierda que arrastramos. Por qué, en lugar de pasarnos dos horas y media sentados para atiborrarnos del grasiento menú del día de turno, no vamos a sudar nuestras penas al gimnasio o a inyectarnos endorfinas en vena con una carrera por el parque. Por qué no intentamos relajarnos y, en lugar de pasarnos el día a codazos como si fuéramos jugadores de baloncesto en la zona, no nos esforzamos en hacer la vida un pelín más agradable al prójimo. No ganaremos más dinero. Ni nos salvaremos de los eres. Pero seremos más felices. Y llegaremos a casa con la suficiente fortaleza mental para aplicar esas reglas de oro que nos proponen ‘los que saben’. He dicho.