La dieta de las 1.000 maravillas

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Horror. Pavor. Todas las mañana, lo mismo. Bajo las escaleras mecánicas del Metro para darme de bruces con el cartel. “Todas sabemos que después de Navidad toca empezar dieta”, reza. Y todas las mañanas entro en el vagón por los pelos, reflexionando sobre el mensaje: “¿Todas?” “¿Dieta?” Y me pregunto: es que en Navidad… ¿sólo engordamos las mujeres? O es que… ¿a las mujeres se nos presupone una afición especial por las dietas? Pues va a ser que no. Ni nosotras somos las únicas que hacemos estallar la báscula, ni las dietas son la receta mágica para recuperarnos de los atracones. Menos aún, cuando la propuesta pasa por atiborrarnos a pastillas.
¿No entras en los vaqueros pitillo? Ponte otros. Tira de las socorridas mallas y vete pensando cómo vas a empezar a moverte. ¡No seas vaga! ¡No busques excusas! Piensa en positivo. ¿Qué te gusta? ¿Andar? ¡Do it! ¡Aprovecha para practicar el smartwalking al ritmo que más te guste! ¿Bailar? ¡Hazlo con tus hijos en el salón de casa! Además de divertido, liberarás estrés y los… ¡agotarás!
¡Recupera una foto tuya que te guste y ponte el reto de volver a estar así! ¿Te falta voluntad? ¿No tienes constancia? Apóyate en tus amigas más activas… ¡Apóyate en mí! Deja que sea tu ángel de la guarda deportivo. Yo también tengo trabajo, tres hijos y una agenda en llamas. ¡Y eso me hace sentir viva! Tanto que el 30 de marzo me espera el mayor reto deportivo de mi vida: ¡261WM de Palma de Mallorca, mi primer maratón! No sé si lo lograré terminar pero… ¡Qué me quiten lo entrenado!
Así que apúntate a la dieta de las 1.000 maravillas… ¡Menos chorradas y a quemar zapatillas! Ahí van mis propuestas para esta semana: un vídeo y una cita.

III 261WM Meet Running-Madrid. 18 de enero. 10:30 am. Puente del Rey.
https://www.facebook.com/#!/events/267068743451349/

Ver vídeo:

Sin miedo se llega más lejos…

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Aquella mañana de 1967, Kathrine Switzer salió de su residencia de estudiantes sin saber que, al regresar, ya nunca sería la misma. Hacía frío. Nevaba. Por eso, en lugar de lucir los pantalones cortos con lo que solía entrenar, decidió no quitarse el chándal. Camuflada bajo la amplitud de su atuendo deportivo, la joven de 20 años pasó desapercibida en la línea de salida. Nadie se percató de, entre todos los participantes del Maratón de Boston, se había ‘colado’ una mujer. Nadie hasta que un juez la descubrió y, lleno de ira, se lanzó sobre ella para intentar echarla de la carrera. No lo logró. Y, luciendo su mítico dorsal 261, Kathrine se convirtió, aquel gélido día, en la primera mujer en correr un maratón, rompiendo todos los tabúes y prohibiciones. No se le cayó el útero. Ni le salió bigote. Marcó un hito en la Historia del atletismo y el inicio de una trayectoria vital marcada por la superación.

Hoy a sus 66 años, sigue corriendo. Conserva, en sus chispeantes ojos azules, la ilusión por el deporte de aquella joven veinteñera. Y un cuerpo ágil y esbelto. Sin cirugías, sin dietas, sin bótox. Ella es la prueba andante de que..

  • No tenemos nada qué temer…
  • Si se quiere, se puede…
  • Somos más fuertes de lo que pensamos…
  • Siempre hay tiempo para cuidarse y nunca es demasiado tarde para empezar…
  • Se puede envejecer sin perder jamás el espíritu que nos dio alas en nuestra juventud…

Los sueños se pueden alcanzar…

Bellas sin alma

Cuando fui miss, previo pago, me quisieron operar la nariz. Me dijeron que, con semejante apéndice nasal, jamás lograría triunfar en la televisión. Y mucho menos ganar un concurso de belleza. Ya que estábamos, además de moldearme la puntita nada más, me ofrecieron dar volumen a mis labios con inofensivas inyecciones de no sé qué. Sobre el pecho no me sugirieron nada porque el relleno, que obra milagros, les hizo ver dónde no había. Mis piernas no estaban mal pero, a su juicio, eran demasiado musculosas. Cosas del deporte. Me dijeron que era baja, que con mi 1,72 no iba a ningún sitio en el mundo de la moda. Y que me sobraba algún kilito.  Que caminaba como un futbolista. Minucias. Tonterías que debía de corregir si quería hacerme un hueco en las pasarelas, algo que, obviamente, no entraba en mis planes. Así que, al terminar mi reportaje, volví a mi sitio en mi suplemento más feliz que una perdiz, con mi nariz, mis labios y mis cuádriceps de Ronaldo. Respire aliviada, libre de aquella dictadura de las medidas perfectas.

Y se produjo en mí el efecto rebote. Lejos de experimentar el síndrome de Estocolmo, desarrollé una aversión incontrolable por todo lo que implica ese mundo superficial y estéril de la belleza. La belleza sola, sin compañía de nada. La belleza insulsa de catálogo, perfecta, regular, sin estridencias, sin estrías, sin cicatrices, sin michelines, sin arrugas. La belleza falsa, inyectada, operada, eternamente joven y edulcorada con photoshop. Esa belleza ridícula que hace que las mujeres –y hombres- de la calle se sientan, por comparación, poco atractivas, gordas, planas, viejas… Una belleza que no repara en evitar las caries, pero se obceca en el blanqueamiento dental. Que busca la delgadez pero no la salud; que plancha las arrugas arrasando la expresión y que esculpe glúteos de hierro en el quirófano porque hacer deporte, además de cansar, hace sudar y eso es una ordinariez. Una belleza que no dice nada pero de la que todos hablan y que me aburre hasta producirme el bostezo.

Así que, una vez más, mi post va para todos esos hombres y mujeres de verdad. Los que se lo curran cada día, haciendo deporte y comiendo bien. Para esa gente que no tiene tiempo para andarse con chorradas marketinianas y simplemente busca estar mejor. A esas madres que no logran liberarse de los kilos de más que cogieron durante el embarazo (¡sí, se puede!). Y a esos a los que el horario laboral apenas les permite tomarse un respiro para trotar. A esas adolescentes pletóricas de unas curvas de las que ellas se quisieran desprender pero que para sí quisieran muchas escuálidas de pasarela. Todos a hacer deporte y… ¡Arriba esa autoestima!

La letra pequeña…

Queridas Ana, Aurora y Leah:

Hay cosas sobre las que nadie te advierte antes de ser madre por primera vez. Cosas que se dan por supuestas o que, simplemente, no interesa recalcar por el bien de la supervivencia de la especie. Detalles que, a sabiendas o no, se ‘pasan por alto’ en los cursillos de preparación al parto y no son noticia en los medios, que prefieren endulzar los sentidos de la embarazada con un bello discurso único de exaltación de la maternidad. Es la letra pequeña de un nuevo estado perpetuo en el que ingresamos al concebir. Detalles tan nimios como que el parto sin dolor, no existe. Porque, por mucho que hayamos avanzado con respecto a las valerosas generaciones anteriores por obra y gracia de la bendita epidural, parir duele. Más que doler, abrasa.. Ese dolor tan bestial, tan desgarrador, hace que se despierte en ti el yo que dominará tu vida a partir del momento en el que nazca tu hijo: el yo mamífero. La delicada mujer civilizada que entro por la puerta de la clínica desaparece para convertirse en la hembra que, como si de una especie de ‘transformer’ se tratara, se desencaja por dentro para abrir camino a una nueva vida. Pero que no cunda el pánico. Os aseguro que es el dolor más brutalmente hermoso que sentiréis jamás y el necesario preludio al instante más feliz de vuestras vidas: el momento en el que veréis su cara por primera vez. No hay nada, absolutamente nada, comparable con el estado de éxtasis en el que entraréis cuando os coloquen a vuestro hijo sobre el pecho. En apenas unos segundos, su olor, su llanto, su forma de mover las manos se grabarán en el disco duro de vuestro cerebro para siempre. En el vuestro, y en el de vuestra pareja que, probablemente, no podrá controlar su temblor de piernas. Entonces, ya no habrá rastro de dolor. Sólo una felicidad indescriptible.

Pero, queridas amigas, lo duro llega luego. Al regresar a casa. Cuando, doloridas aún por los puntos y con los pechos a punto de estallar por la subida de leche, os preguntaréis qué hago yo ahora con esta cosa tan pequeña que, como si de una tortura programada se tratara, me despierta cada media hora con un llanto imposible de descifrar. ¿Hambre? ¿Gases? ¿Pis? ¿Reflujo? Entonces, dudaréis sobre la calidad de vuestra leche, sobre si le estaréis poniendo bien al pecho, o sobre si le dais biberón… Y surgirán decenas de voces amigas con consejos que, en la mayoría de las ocasiones, no harán más que acrecentar vuestras inseguridades. El subidón de endorfinas con el que vuestros cuerpos combatieron los estragos del parto dejará paso a una revolución hormonal de consecuencias impredecibles, a los ‘puerperium blues’. A las lágrimas sin motivo, a la tristeza, al nunca seré la que fui, y al cariño, te quiero… Tranquilidad. Por eso también pasamos otras antes. Aunque no se cuente. Relajaros y disfrutad del sumo placer de amamantar a vuestros hijos, sin relojes, sin control de horas, ni de tiempos. Los cronómetros, para el deporte. Y respirad. Dormid cuando lo hagan vuestros bebés. Escuchad música. Caminad al aire libre. Y limitad las visitas al máximo. Vuestra pareja, vosotras y vuestros bebés. No necesitáis más. Y si se os cuela alguien no esperado, que lo haga con un buen caldo en lugar de con un peluche. Queridas, the best is yet to come… Enjoy it…     

Pd: dedicado a Erik, Alejandra y Lola.

Miss ‘Penoso’

Pero a cualquier precio puede resultar… demasiado caro cuando lo que está en juego es tu pellejo. Porque, aunque infiltrarse en un concurso de belleza pueda ser el sueño de muchos (o muchas), para mí fue una pesadilla de 90 noches y sus correspondientes días. Lo sé. Hacerse pasar por una miss no es lo mismo que ‘encarnar’ a un traficante de armas. Pero interpretar un papel durante tres meses sin descanso, removiendo ‘la basura’ y conviviendo con el miedo es una experiencia poco recomendable. Miedo a que descubrieran mi verdadera identidad, miedo a que me pillaran grabando con la cámara que escondía en mi bolso, miedo a hablar en sueños. Miedo a unas consecuencias que, en ese momento, no podía prever. Un miedo constante que, en aquellos días se me clavaba en el estómago en forma de miles agujas invisibles. Pero, a pesar de todo, fui miss. Y, con total seguridad, la peor miss de la historia del certamen. Miss ‘Penoso’, me apodó alguna de las ingeniosas mentes que poblaban aquel universo de sonrisas forzadas y olor a laca. Un desastre de miss que se olvidaba la banda en la habitación, bajaba con el pelo mojado a desayunar, no se sabía hacer ‘la banana’, leía el periódico y miraba de soslayo la televisión cuando jugaba el Madrid.
Una miss nefasta a los ojos de algunos de los sesudos cronistas cuya poca longitud de vista les impidió ver que lo mío no era una carrera de modelo fallida, sino un trabajo de investigación periodística. También fui una oportunista en busca de “un puñado de euros”, como dijo un famoso ex portavoz de cuyo nombre no quiero acordarme reconvertido en sabelotodo mediático.  A todos ellos, y a los que me etiquetaron desde aquel momento como la ‘miss’ con más mala leche que otra cosa, me hubiera gustado verles en mi piel durante esos meses que, supuestamente, iban a cambiar mi vida…